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lunes, 16 de julio de 2018

8 reseñas sobre El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot





En un país signado por la corrupción, la violencia, la pobreza, la misoginia, la homofobia y la estupidez sin límites de quienes nos desgobiernan, reírse es un imperativo para seguir viviendo. Y por eso quiero apuntar la que, en mi opinión, es la primera cualidad de este libro, y a la vez uno de sus ejes transversales: el humor. El autor se ríe y nos hace reír de él mismo, de las vicisitudes de su alter ego, el «famoso» escritor Eduardo Ilussio, y del hecho —mejor dicho, la ilusión— de querer ser escritor y vivir como tal en un país donde la sensibilidad se considera un defecto.

María Eugenia Ramos (Honduras)

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El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, que mereció el premio Centroamericano de Novela Corta 2016, es una obra metaliteraria e inclasificable, con muestras de un paradójico sentido de humor.

Jorge Ávalos (El Salvador)

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Con El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot Gustavo Campos, de impecable y concisa prosa, ha puesto por escrito el discurrir de su conciencia, subterfugio donde perece persona, autor y personaje, donde lo único que pervive es una confabulación de citas y alusiones. Hocquetot, un escritor de hambres, una suerte de hungerkünstler, nunca llega a escapar de la voracidad literaria que lo tiene confinado. ¿Acaso Campos ha cometido suicidio metaliterario?

León Leiva Gallardo (Honduras)

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Gustavo Campos es un escritor multifacético (narrador, poeta, ensayista, periodista, crítico literario) que nació en 1984 en la ciudad de San Pedro Sula. El Premio Cervantes Sergio Ramírez lo incluyó en un par de antologías como uno de los máximos exponentes de la literatura centroamericana y del caribe en la actualidad y el escritor y crítico literario Jorge Carrión (finalista Premio Anagrama de Ensayo) lo incluyó en el 2010 en un listado de 50 autores de América Latina y España que a su juicio consideraba como los más representativos de la producción literaria joven de la lengua en nuestra época. Dentro de su selecto grupo desfilan nombres importantes de la literatura actual: Elvira Navarro, Santiago Roncagliolo, Rodrigo Hasbun, Alejandro Zambra, Lucía Puenzo, Andrés Neuman, entre otros, y Campos entre ellos. El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot viene a confirmar lo que antes habían descubierto los dos escritores de talla universal citados anteriormente. A mí gusto, el mejor escritor joven de Honduras.

Kalton Harold Bruhl (Honduras)

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Encuentro en El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot un mejor manejo del idioma, el despliegue de un lenguaje más trabajado, con mayor aplomo y seguridad en sí mismo. Y es esa seguridad la que permite hacer acopio de la vena lúdica, del constante juego e incluso de las provocaciones al lector. Se parte de la premisa de que quien carece de esa confianza en sí mismo y de esas certezas personales difícilmente se arriesga a embarcarse en el tono juguetón y burlón como el que campea en el presente texto.

Con todo, en ese afán de experimentar e innovar hay, en mi opinión, en esta osada colección de pastiches extravagancias como ese “Millón de átomos de grosor”. Las ilustraciones con los planos y ratones me parecen simpáticas en el empeño (muy buscado) de sorprender al lector y de escapar de lo trillado. Con todo, pese a (gracias a) al carácter heterodoxo de la “colcha de retazos”, el libro, lejos de naufragar, navega bien y resulta de lectura grata...

Hernán Antonio Bermúdez (Honduras)

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El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot es una obra insólita en la literatura hondureña: es como una miscelánea que salta del cuento al diario, del diario al poema, del poema al fragmento que resulta imposible clasificar, pero incluso al entrar en esos territorios de la escritura no lo hace de la manera acostumbrada. Hocquetot es “una sucesión, un gesto, pero jamás una novela”, se nos advierte al comienzo del texto. Tampoco es una novela porque Gustavo Campos busca escribir algo más que una novela. La descripción del mundo caótico que rodea a Campos da la impresión de ser también caótica y va saltando de género en género, pero el caos se nos revela como un acto premeditado del autor: Hocquetot se muerde la cola y el final se convierte en el principio, cuando la primera página, en la que Campos nos propone su lectura del libro, muestra su verdadera importancia solo al terminar de leerlo y volver al comienzo. Campos alcanza con Hocquetot una meta que parece imposible: escribir un libro en perpetua transformación.

Dennis Arita (Honduras)

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Estamos ante un reto escritural y lingüístico; lo que implica un reto para el lector. T.S. Eliot llamaba hipocryte lecteur a aquel que quizás no escudriñaba o no llegaba a lo medular de lo literario. No le dé el gusto a Eliot y conviértase en un auténtico lector en El libro perdido de Eduardo Illusio Hocquetot.

Javier Alvarado (Panamá)

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En Gustavo Campos los repuntes lúdicos encuentran sus realizaciones más logradas en los juegos literarios. Las repetidas menciones de autores y de obras, las continuas citas, los juegos de palabras, de estilos, de tramas, etc., en mezcla heteróclita con referencias comparables a la música, la fotografía, el cine etc., hacen de los textos órbitas de remitencias de intertextualidad literaria y multimedial. Podría decirse que en las narraciones de este autor, los contextos locales inmediatos quedan absorbidos dentro de esa especie de juegos de mundos posibles que habilita la ficción.

Hector Leyva (Honduras)

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Biobibliografías de los reseñistas.



María Eugenia Ramos

(Tegucigalpa, Honduras, 1959)
Estudió periodismo y literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, aunque por decisión propia no tiene un título formal. Ha ejercido los oficios de la edición, la comunicación social y la educación aplicando metodologías alternativas.

Obra publicada: 
La niña que nació para ser poeta: Clementina Suárez (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 2018) y La maestra Choncita (Editorial Guaymuras, 2017), biografías adaptadas para niñas y niños de la poeta Clementina Suárez y la heroína nacional Visitación Padilla, respectivamente; Una cierta nostalgia, cuentos (Editorial Guaymuras, 2016, cuarta edición); La visión de país en Clementina Suárez y Alfonso Guillén Zelaya, ensayo, en coautoría con Mario Membreño Cedillo (PNUD, Tegucigalpa, 2002); Educación, democracia y desarrollo en Honduras (artículos de Ventura Ramos, comp.); Porque ningún sol es el último, poesía (Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989).  Ha participado en numerosos encuentros literarios, entre ellos, la serie anual de Encuentros de Escritores Chiapas-Centroamérica y México-Centroamérica (Chiapas, México, 1992-2000), “América Latina, Tierra de Libros” (Roma, 2010), FIL Guadalajara (2011) y el Primer Encuentro de Narradores "Centroamérica cuenta" (Granada, 2013).

Su obra ha sido incluida en las antologías de poesía: Poésie Hondurienne du Siècle XX (Ediciones Patiño, Ginebra, 1997, edición bilingüe francés-español), Honduras, mujer y poesía (Guardabarranco, Tegucigalpa, 1998), Puertas abiertas. Antología de la poesía centroamericana (compilación de Sergio Ramírez, Fondo de Cultura Económica, México, 2011); y de cuento: Antología de cuentistas hondureñas (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 2003), Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2003), Puertos abiertos. Antología del cuento centroamericano (compilación de Sergio Ramírez, Fondo de Cultura Económica, México, 2011) y Centroamérica cuenta (edición bilingüe francés-español, Editorial L'atinoir, Marsella, 2014).
En 2011 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, la seleccionó como una los “25 secretos literarios mejor guardados de América Latina”, narradores y narradoras que a juicio de un comité de escritores, editores, críticos y lectores de la región son muestra de la mejor calidad literaria del continente.



León Leiva Gallardo
(Amapala, Honduras, 1962)
Poeta, narrador y ensayista.
Estudió Psicología y Letras en la Universidad de Northeastern Illinois. Autor de las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006), La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008) y de los poemarios Palabras al acecho en la coedición Desarraigos: Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Vocesueltas, 2008), Tríptico: tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015), Breviario (Ediciones Estampa, 2015), El pordiosero y el dios (MediaIsla editores). 
Participó en “Centroamérica cuenta 2016”, Nicaragua.
 Blog: Calibariel



Jorge Ávalos
(San Salvador, El Salvador, 1964)
Poeta, narrador y dramaturgo salvadoreño, también reconocido por su periodismo de análisis e investigación.
Entre 1980 y 2001 residió en los Estados Unidos donde estudió antropología y desarrollo económico. Se desempeñó como artista visual (video arte) entre 1987 y 1993, y en ese campo recibió algunos de los premios más importantes disponibles en Nueva York y los Estados Unidos, incluyendo una beca de la Fundación para las Artes de Nueva York, un premio del Consejo para las Artes de Nueva York, un premio nacional del Fideicomiso para las Humanidades ("Young scholar award"), y otros premios.
En abril de 2004 Ávalos fue galardonado con el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán por su colección de cuentos La ciudad del deseo. En febrero de 2012 recibió otro galardón centroamericano, el Premio Mario Monteforte Toledo de Cuento, por su obra El secreto del ángel. Aparece incluido en la antología de cuento centroamericano Puertos Abiertos, seleccionada por Sergio Ramírez y publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, DF, 2011.

Obras
El cuerpo vulnerado (poesía, San Salvador, 1984), El coleccionista de almas (poesía, Nueva York, 1996), La ciudad del deseo (cuento, Panamá, 2004), Ángel de la guarda (teatro, San Salvador, 2005, La canción de nuestros días (teatro, San Salvador, tres versiones: 1993-2004-2008, Lo que no se dice (teatro, San Salvador, 2009), La balada de Jimmy Rosa (teatro, San Salvador, 2009), El secreto del ángel (cuento, San Salvador, 2012. Premio Centroamericano de Cuento Mario Monteforte Toledo, Guatemala, 2012. Edición privada, San Salvador), Historias de dos ciudades. Cuentistas de Panamá y El Salvador (selección y edición de Jorge Ávalos y Enrique Jaramillo Levi, antología, Panamá, Sagitario Ediciones, 2017), El Salvador en construcción. Autores: Carolina Ávalos, Jorge Ávalos, et al (ensayo, Istmo Editores, San Salvador, 2017).
Participó en “Centroamérica cuenta 2015”, Nicaragua.
Dirige la Revista de Letras y Artes La Zebra.



Dennis Arita
(La Lima, Cortés, Honduras, 1969)
Narrador, traductor y diseñador gráfico. Sus relatos y traducciones han aparecido en varias publicaciones hondureñas. Incluido en Entre el parnaso y la maison: Muestra de la nueva narrativa de la costa norte hondureña (HN, 2011) y en Centroamericanos del ayer y hoy (HN, 2014). Ha publicado dos libros de cuentos: Final de invierno (2008) y Música del desierto (2011).
A juicio del crítico Hernán Antonio Bermúdez: “Dennis Arita posee, en suma, una escritura depurada, precisión de vocabulario, pudor expresivo, continuos hallazgos descriptivos y casi ausencia total de tanteos o vacilaciones (las excepciones son minúsculas). Final de invierno es un excelente primer libro y le abre paso, además, a Música del desierto (2011) que confirma y consolida su enorme talento narrativo.”

(Santiago de Veraguas, Panamá, 1982).
Es poeta y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá. Colabora con publicaciones de su país y del exterior, como así también forma parte de antologías latinoamericanas e internacionales.  Obtuvo numerosos premios, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño 2000, el Premio de Poesía Pablo Neruda 2004, el Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007, el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011, el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012, el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua 2013, el Premio Medardo Ángel Silva 2014, con un jurado conformado por Antonio Gamoneda, Rodolfo Hinostroza y Julio Pazos, el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró 2015 de Panamá. Ha sido Poeta Residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Y recibió Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010, siendo finalista del Festival de la Lira (Ecuador), Primer Accésit del Premio Eros de Poesía Erótica 2015, convocado por el Centro Canario de Estudios Caribeños por el poema “Para hacer el amor en Poneloya”, I Finalista del Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2015, Salamanca, España, Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá en poesía, Mención de Honor Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, El Salvador, 2016, Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, 2017.
Aparece incluido en la antología de poesía centroamericana Puertas Abiertos, seleccionada por Sergio Ramírez y publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, DF, 2011.
Publicó hasta la fecha Tiempos de Vida y Muerte (2001),  Caminos Errabundos y otras Ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003),  Aquí, todo tu cuerpo escrito (2005), Por ti no pasa nunca el Tiempo (y otros poemas al espejo) (2005), No me cubre de edad la Primavera (2008), Soy mi Desconocido (2008), Carta Natal al País de los Locos(2011), Ojos Parlantes para estaciones de ceguera (2011), Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011), Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (2013), El mar que me habita (2013), La vida en mi plato de pobre (2015).


Héctor Leyva
(Honduras, 1963)
Es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, investigador de temas literarios, históricos y culturales centroamericanos y editor de autores hondureños y de recopilaciones de tradición oral indígena. Se doctoró en 1996 en la Universidad Complutense de Madrid con su trabajo Narrativa de los procesos revolucionarios centroamericanos (1960-1990). Su libro Imaginarios (sub)terráneos. Estudios literarios y culturales de Honduras (2009) ofrece una exploración teórica y datos de primera mano sobre una diversidad de temas hondureños. Es miembro de la red académica internacional que publica Istmo. Revista de estudios literarios y culturales centroamericanos. Ha sido consultor de UNESCO y ha formado parte de los equipos de investigación de los Informes nacionales y regionales de desarrollo humano del PNUD. 
Su Blog Scriptorium ofrece buena parte de su obra en versiones descargables.



Kalton Harold Bruhl
(Honduras, 1976)
Ha publicado numerosas obras, entre las que destacan sus libros de relatos: El último vagón (España, 2013); Un nombre para el olvido (2014); La dama en el café y otros misterios (2014); Donde le dije adiós (2014); Sin vuelta atrás (2015); La intimidad de los Recuerdos (2017). Es autor de la novela La mente dividida (Premio Centroamericano de Novela Corta, España, 2014). Sus obras han sido parcialmente traducidas al alemán y francés en más de 50 antologías publicadas en los últimos 5 años en distintas editoriales de España, Argentina, México y Estados Unidos, mencionándose entre ellas Antología del relato negro III, Hiroshima, Truman, Asesinatos profilácticos, 2099, Kafka y Relatos fotoeróticos, todas con Ediciones Irreverentes; París, Viena, Lisboa y Tras las huellas de Arsenio Lupin de M.A.R. Editor.  Ganó el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y es miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua.
También aparece incluido en la antología de cuento centroamericano Un espejo roto, seleccionada por el Premio Cervantes Sergio Ramírez.
Participó en “Centroamérica Cuenta 2014”.

Hernán Antonio Bermúdez
(Honduras, 1949)

Crítico literario y diplomático hondureño. Nació en el año 1949. Perteneciente a los grupos literarios “Vida Nueva” y “Taunka”. Fundó las revistas Coloquio (1969-1970) y Señales (1971-1972). Fue miembro del comité de redacción de la Revista Alcaraván. Aunque sin obra orgánica aún, es uno de los más inteligentes críticos literarios de Honduras. Ha recopilado sus reseñas en dos libros: Retahíla (1980) y Afinidades (2007). Fundador de varias revistas literarias y de la editorial Guaymuras, también es autor de la antología Cinco poetas hondureños (1981). Diplomático de carrera, actualmente es director de la Academia Diplomática de Honduras.


miércoles, 13 de junio de 2018

8 reseñas sobre "El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot"



En un país signado por la corrupción, la violencia, la pobreza, la misoginia, la homofobia y la estupidez sin límites de quienes nos desgobiernan, reírse es un imperativo para seguir viviendo. Y por eso quiero apuntar la que, en mi opinión, es la primera cualidad de este libro, y a la vez uno de sus ejes transversales: el humor. El autor se ríe y nos hace reír de él mismo, de las vicisitudes de su alter ego, el «famoso» escritor Eduardo Ilussio, y del hecho —mejor dicho, la ilusión— de querer ser escritor y vivir como tal en un país donde la sensibilidad se considera un defecto.

María Eugenia Ramos (Honduras)

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El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot, que mereció el premio Centroamericano de Novela Corta 2016, es una obra metaliteraria e inclasificable, con muestras de un paradójico sentido de humor.

Jorge Ávalos (El Salvador)

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Con El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot Gustavo Campos, de impecable y concisa prosa, ha puesto por escrito el discurrir de su conciencia, subterfugio donde perece persona, autor y personaje, donde lo único que pervive es una confabulación de citas y alusiones. Hocquetot, un escritor de hambres, una suerte de hungerkünstler, nunca llega a escapar de la voracidad literaria que lo tiene confinado. ¿Acaso Campos ha cometido suicidio metaliterario?

León Leiva Gallardo (Honduras)

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Gustavo Campos es un escritor multifacético (narrador, poeta, ensayista, periodista, crítico literario) que nació en 1984 en la ciudad de San Pedro Sula. El Premio Cervantes Sergio Ramírez lo incluyó en un par de antologías como uno de los máximos exponentes de la literatura centroamericana y del caribe en la actualidad y el escritor y crítico literario Jorge Carrión (finalista Premio Anagrama de Ensayo) lo incluyó en el 2010 en un listado de 50 autores de América Latina y España que a su juicio consideraba como los más representativos de la producción literaria joven de la lengua en nuestra época. Dentro de su selecto grupo desfilan nombres importantes de la literatura actual: Elvira Navarro, Santiago Roncagliolo, Rodrigo Hasbun, Alejandro Zambra, Lucía Puenzo, Andrés Neuman, entre otros, y Campos entre ellos. El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot viene a confirmar lo que antes habían descubierto los dos escritores de talla universal citados anteriormente. A mí gusto, el mejor escritor joven de Honduras.
Kalton Harold Bruhl (Honduras)
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Encuentro en El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot un mejor manejo del idioma, el despliegue de un lenguaje más trabajado, con mayor aplomo y seguridad en sí mismo. Y es esa seguridad la que permite hacer acopio de la vena lúdica, del constante juego e incluso de las provocaciones al lector. Se parte de la premisa de que quien carece de esa confianza en sí mismo y de esas certezas personales difícilmente se arriesga a embarcarse en el tono juguetón y burlón como el que campea en el presente texto.
Con todo, en ese afán de experimentar e innovar hay, en mi opinión, en esta osada colección de pastiches extravagancias como ese “Millón de átomos de grosor”. Las ilustraciones con los planos y ratones me parecen simpáticas en el empeño (muy buscado) de sorprender al lector y de escapar de lo trillado. Con todo, pese a (gracias a) al carácter heterodoxo de la “colcha de retazos”, el libro, lejos de naufragar, navega bien y resulta de lectura grata...
Hernán Antonio Bermúdez
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El libro perdido de Eduardo Ilussio Hocquetot es una obra insólita en la literatura hondureña: es como una miscelánea que salta del cuento al diario, del diario al poema, del poema al fragmento que resulta imposible clasificar, pero incluso al entrar en esos territorios de la escritura no lo hace de la manera acostumbrada. Hocquetot es “una sucesión, un gesto, pero jamás una novela”, se nos advierte al comienzo del texto. Tampoco es una novela porque Gustavo Campos busca escribir algo más que una novela. La descripción del mundo caótico que rodea a Campos da la impresión de ser también caótica y va saltando de género en género, pero el caos se nos revela como un acto premeditado del autor: Hocquetot se muerde la cola y el final se convierte en el principio, cuando la primera página, en la que Campos nos propone su lectura del libro, muestra su verdadera importancia solo al terminar de leerlo y volver al comienzo. Campos alcanza con Hocquetot una meta que parece imposible: escribir un libro en perpetua transformación.

Dennis Arita (Honduras)

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Estamos ante un reto escritural y lingüístico; lo que implica un reto para el lector.  T.S. Eliot llamaba hipocryte lecteur a aquel que quizás no escudriñaba o no llegaba a lo medular de lo literario. No le dé el gusto a Eliot y conviértase en un auténtico lector en El libro perdido de Eduardo Illusio Hocquetot. 

Javier Alvarado (Panamá)

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En Gustavo Campos los repuntes lúdicos encuentran sus realizaciones más logradas en los juegos literarios. Las repetidas menciones de autores y de obras, las continuas citas, los juegos de palabras, de estilos, de tramas, etc., en mezcla heteróclita con referencias comparables a la música, la fotografía, el cine etc., hacen de los textos órbitas de remitencias de intertextualidad literaria y multimedial. Podría decirse que en las narraciones de este autor, los contextos locales inmediatos quedan absorbidos dentro de esa especie de juegos de mundos posibles que habilita la ficción.

Hector Leyva (Honduras)


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Biobibliografías de los reseñistas. 

María Eugenia Ramos

(Tegucigalpa, Honduras, 1959)
Estudió periodismo y literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, aunque por decisión propia no tiene un título formal. Ha ejercido los oficios de la edición, la comunicación social y la educación aplicando metodologías alternativas.

Obra publicada: 
La niña que nació para ser poeta: Clementina Suárez (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 2018) y La maestra Choncita (Editorial Guaymuras, 2017), biografías adaptadas para niñas y niños de la poeta Clementina Suárez y la heroína nacional Visitación Padilla, respectivamente; Una cierta nostalgia, cuentos (Editorial Guaymuras, 2016, cuarta edición); La visión de país en Clementina Suárez y Alfonso Guillén Zelaya, ensayo, en coautoría con Mario Membreño Cedillo (PNUD, Tegucigalpa, 2002); Educación, democracia y desarrollo en Honduras (artículos de Ventura Ramos, comp.); Porque ningún sol es el último, poesía (Ediciones Paradiso, Tegucigalpa, 1989).  Ha participado en numerosos encuentros literarios, entre ellos, la serie anual de Encuentros de Escritores Chiapas-Centroamérica y México-Centroamérica (Chiapas, México, 1992-2000), “América Latina, Tierra de Libros” (Roma, 2010), FIL Guadalajara (2011) y el Primer Encuentro de Narradores "Centroamérica cuenta" (Granada, 2013).

Su obra ha sido incluida en las antologías de poesía: Poésie Hondurienne du Siècle XX (Ediciones Patiño, Ginebra, 1997, edición bilingüe francés-español), Honduras, mujer y poesía (Guardabarranco, Tegucigalpa, 1998), Puertas abiertas. Antología de la poesía centroamericana (compilación de Sergio Ramírez, Fondo de Cultura Económica, México, 2011); y de cuento: Antología de cuentistas hondureñas (Editorial Guaymuras, Tegucigalpa, 2003), Pequeñas resistencias 2. Antología del cuento centroamericano (Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2003), Puertos abiertos. Antología del cuento centroamericano (compilación de Sergio Ramírez, Fondo de Cultura Económica, México, 2011) y Centroamérica cuenta (edición bilingüe francés-español, Editorial L'atinoir, Marsella, 2014).
En 2011 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, la seleccionó como una los “25 secretos literarios mejor guardados de América Latina”, narradores y narradoras que a juicio de un comité de escritores, editores, críticos y lectores de la región son muestra de la mejor calidad literaria del continente.



León Leiva Gallardo
(Amapala, Honduras, 1962)
Poeta, narrador y ensayista.
Estudió Psicología y Letras en la Universidad de Northeastern Illinois. Autor de las novelas Guadalajara de noche (Tusquets Editores, 2006), La casa del cementerio (Tusquets Editores, 2008) y de los poemarios Palabras al acecho en la coedición Desarraigos: Cuatro poetas latinoamericanos en Chicago (Vocesueltas, 2008), Tríptico: tres lustros de poesía (MediaIsla Editores, 2015), Breviario (Ediciones Estampa, 2015), El pordiosero y el dios (MediaIsla editores). 
Participó en “Centroamérica cuenta 2016”, Nicaragua.
 Blog: Calibariel



Jorge Ávalos
(San Salvador, El Salvador, 1964)
Poeta, narrador y dramaturgo salvadoreño, también reconocido por su periodismo de análisis e investigación.
Entre 1980 y 2001 residió en los Estados Unidos donde estudió antropología y desarrollo económico. Se desempeñó como artista visual (video arte) entre 1987 y 1993, y en ese campo recibió algunos de los premios más importantes disponibles en Nueva York y los Estados Unidos, incluyendo una beca de la Fundación para las Artes de Nueva York, un premio del Consejo para las Artes de Nueva York, un premio nacional del Fideicomiso para las Humanidades ("Young scholar award"), y otros premios.
En abril de 2004 Ávalos fue galardonado con el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán por su colección de cuentos La ciudad del deseo. En febrero de 2012 recibió otro galardón centroamericano, el Premio Mario Monteforte Toledo de Cuento, por su obra El secreto del ángel. Aparece incluido en la antología de cuento centroamericano Puertos Abiertos, seleccionada por Sergio Ramírez y publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, DF, 2011.

Obras
El cuerpo vulnerado (poesía, San Salvador, 1984), El coleccionista de almas (poesía, Nueva York, 1996), La ciudad del deseo (cuento, Panamá, 2004), Ángel de la guarda (teatro, San Salvador, 2005, La canción de nuestros días (teatro, San Salvador, tres versiones: 1993-2004-2008, Lo que no se dice (teatro, San Salvador, 2009), La balada de Jimmy Rosa (teatro, San Salvador, 2009), El secreto del ángel (cuento, San Salvador, 2012. Premio Centroamericano de Cuento Mario Monteforte Toledo, Guatemala, 2012. Edición privada, San Salvador), Historias de dos ciudades. Cuentistas de Panamá y El Salvador (selección y edición de Jorge Ávalos y Enrique Jaramillo Levi, antología, Panamá, Sagitario Ediciones, 2017), El Salvador en construcción. Autores: Carolina Ávalos, Jorge Ávalos, et al (ensayo, Istmo Editores, San Salvador, 2017).
Participó en “Centroamérica cuenta 2015”, Nicaragua.
Dirige la Revista de Letras y Artes La Zebra.



Dennis Arita
(La Lima, Cortés, Honduras, 1969)
Narrador, traductor y diseñador gráfico. Sus relatos y traducciones han aparecido en varias publicaciones hondureñas. Incluido en Entre el parnaso y la maison: Muestra de la nueva narrativa de la costa norte hondureña (HN, 2011) y en Centroamericanos del ayer y hoy (HN, 2014). Ha publicado dos libros de cuentos: Final de invierno (2008) y Música del desierto (2011).
A juicio del crítico Hernán Antonio Bermúdez: “Dennis Arita posee, en suma, una escritura depurada, precisión de vocabulario, pudor expresivo, continuos hallazgos descriptivos y casi ausencia total de tanteos o vacilaciones (las excepciones son minúsculas). Final de invierno es un excelente primer libro y le abre paso, además, a Música del desierto (2011) que confirma y consolida su enorme talento narrativo.”

(Santiago de Veraguas, Panamá, 1982).
Es poeta y Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá. Colabora con publicaciones de su país y del exterior, como así también forma parte de antologías latinoamericanas e internacionales.  Obtuvo numerosos premios, entre ellos, el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño 2000, el Premio de Poesía Pablo Neruda 2004, el Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007, el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011, el Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén 2012, el Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua 2013, el Premio Medardo Ángel Silva 2014, con un jurado conformado por Antonio Gamoneda, Rodolfo Hinostroza y Julio Pazos, el Premio Nacional de Poesía Ricardo Miró 2015 de Panamá. Ha sido Poeta Residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Y recibió Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010, siendo finalista del Festival de la Lira (Ecuador), Primer Accésit del Premio Eros de Poesía Erótica 2015, convocado por el Centro Canario de Estudios Caribeños por el poema “Para hacer el amor en Poneloya”, I Finalista del Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero 2015, Salamanca, España, Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá en poesía, Mención de Honor Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, El Salvador, 2016, Premio Hispanoamericano de Poesía de San Salvador, 2017.
Aparece incluido en la antología de poesía centroamericana Puertas Abiertos, seleccionada por Sergio Ramírez y publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, DF, 2011.
Publicó hasta la fecha Tiempos de Vida y Muerte (2001),  Caminos Errabundos y otras Ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003),  Aquí, todo tu cuerpo escrito (2005), Por ti no pasa nunca el Tiempo (y otros poemas al espejo) (2005), No me cubre de edad la Primavera (2008), Soy mi Desconocido (2008), Carta Natal al País de los Locos(2011), Ojos Parlantes para estaciones de ceguera (2011), Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011), Viaje solar de un tren hacia la noche de Matachín (2013), El mar que me habita (2013), La vida en mi plato de pobre (2015).


Héctor Leyva
(Honduras, 1963)
Es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, investigador de temas literarios, históricos y culturales centroamericanos y editor de autores hondureños y de recopilaciones de tradición oral indígena. Se doctoró en 1996 en la Universidad Complutense de Madrid con su trabajo Narrativa de los procesos revolucionarios centroamericanos (1960-1990). Su libro Imaginarios (sub)terráneos. Estudios literarios y culturales de Honduras (2009) ofrece una exploración teórica y datos de primera mano sobre una diversidad de temas hondureños. Es miembro de la red académica internacional que publica Istmo. Revista de estudios literarios y culturales centroamericanos. Ha sido consultor de UNESCO y ha formado parte de los equipos de investigación de los Informes nacionales y regionales de desarrollo humano del PNUD. 
Su Blog Scriptorium ofrece buena parte de su obra en versiones descargables.



Kalton Harold Bruhl
(Honduras, 1976)
Ha publicado numerosas obras, entre las que destacan sus libros de relatos: El último vagón (España, 2013); Un nombre para el olvido (2014); La dama en el café y otros misterios (2014); Donde le dije adiós (2014); Sin vuelta atrás (2015); La intimidad de los Recuerdos (2017). Es autor de la novela La mente dividida (Premio Centroamericano de Novela Corta, España, 2014). Sus obras han sido parcialmente traducidas al alemán y francés en más de 50 antologías publicadas en los últimos 5 años en distintas editoriales de España, Argentina, México y Estados Unidos, mencionándose entre ellas Antología del relato negro III, Hiroshima, Truman, Asesinatos profilácticos, 2099, Kafka y Relatos fotoeróticos, todas con Ediciones Irreverentes; París, Viena, Lisboa y Tras las huellas de Arsenio Lupin de M.A.R. Editor.  Ganó el Premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y es miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua.
También aparece incluido en la antología de cuento centroamericano Un espejo roto, seleccionada por el Premio Cervantes Sergio Ramírez.
Participó en “Centroamérica Cuenta 2014”.

Hernán Antonio Bermúdez
(Honduras, 1949)

Crítico literario y diplomático hondureño. Nació en el año 1949. Perteneciente a los grupos literarios “Vida Nueva” y “Taunka”. Fundó las revistas Coloquio (1969-1970) y Señales (1971-1972). Fue miembro del comité de redacción de la Revista Alcaraván. Aunque sin obra orgánica aún, es uno de los más inteligentes críticos literarios de Honduras. Ha recopilado sus reseñas en dos libros: Retahíla (1980) y Afinidades (2007). Fundador de varias revistas literarias y de la editorial Guaymuras, también es autor de la antología Cinco poetas hondureños (1981). Diplomático de carrera, actualmente es director de la Academia Diplomática de Honduras.

jueves, 24 de diciembre de 2015

martes, 26 de agosto de 2014

Dos cuentos de Kalton Harold Bruhl








BANANA REPUBLIC

Mientras aguardaban la llegada de Cornelius Vanderbilt, los cinco hombres permanecieron en silencio. Habían acordado una reunión de emergencia luego de recibir las noticias desde Honduras. Todos sus sueños de apoderarse de Centroamérica y de construir un canal interoceánico a través del río San Juan, en Nicaragua, parecían haberse esfumado con la muerte de aquel hombre. No se imaginaban cómo podrían tener otra oportunidad igual de convertir aquellas tierras de salvajes en sus colonias particulares. Debieron haberlo previsto, era demasiado bueno para ser verdad. Por lo menos, se consolaban, apenas habían gastado unos cuantos miles de dólares en patrocinar las expediciones de William Walker. Al principio, cuando escucharon su propuesta, lo tomaron por un loco. Ya conocían a ese engreído abogado por su intento fallido de conquistar Sonora y Baja California y fundar una república esclavista en México, y ahora, les proponía adueñarse no de algunos territorios, sino de cinco países completos. Los costos no eran excesivos, así que decidieron apoyarle con armas y unos cuantos hombres. Y aunque suene increíble el bastardo estuvo a punto de lograrlo. Con apenas cincuenta y ocho hombres, a quienes pomposamente llamaba “los inmortales”, consiguió, en 1857, convertirse en el presidente de Nicaragua. Fue un error no enviar a sus propios hombres de confianza en ese momento. Con los asesores adecuados, Walker, habría llegado mucho más lejos. Sin embargo, tomando él mismo sus propias decisiones, comenzó a forjar su propia cadena de errores. El primero se produjo durante su discurso inaugural cuando anunció que formaría una República Federal con los demás estados centroamericanos y Cuba. Casi de inmediato los gobiernos vecinos iniciaron los preparativos para la defensa. Luego cometió otro aún más grave: reinstaurar la esclavitud. Si bien es cierto los campesinos eran, de hecho, esclavos de algún terrateniente, una cosa es que te pases toda la vida trabajando de sol a sol para un patrón desalmado, recibiendo uno que otro palo, pero ningún pago y otra muy diferente que te digan a la cara que eres un esclavo y lo que es mucho peor, que aunque no sepas leer, te lo pongan por escrito. Así que sucedió lo que tenía que suceder. El pueblo se rebeló y los países centroamericanos, generalmente enemigos entre ellos, formaron un ejército conjunto. Ahora Walker, junto a sus sueños de grandeza y para mayor desgracia junto a los sueños de aquellos cinco honorables hombres de negocios americanos, disfrutaban de la fresca brisa en una confortable tumba en la costa hondureña. 

—¿Por qué las caras destempladas? –preguntó Cornelius Vanderbilt, al momento de entrar a la habitación, sosteniendo una bandeja cubierta por un mantel.

Todos le miraron con extrañeza, sin comprender la razón para que empleara un tono de voz tan jovial.

—A menos que el hombre que acaban de fusilar en Honduras sea otro, y no Walker, y que lo que traigas en esa bandeja sea una llave mágica que nos abrirá las puertas de Centroamérica, no entiendo el porqué de tu felicidad.

—No y sí –dijo Vanderbilt—. Desafortunadamente, Walker ya debe estar esperando su turno en la antesala del infierno y sí, esta es la llave para convertirnos en los verdaderos amos del trópico.
Colocó la bandeja sobre una mesa y levantó el mantel con un gesto teatral. Nadie dijo nada, pero seguramente todos dudaron de su cordura.

—Imagino lo que piensan –dijo Vanderbilt, sin perder la sonrisa— pero con esto nos apropiaremos no solamente de Centroamérica, sino, probablemente, de toda Hispanoamérica. Controlaremos sus gobiernos, controlaremos sus destinos. Como les dije, seremos los amos del trópico.

Vanderbilt siguió hablando durante mucho tiempo y a medida que explicaba sus planes y calculaba las formidables ganancias de la nueva operación, los cinco hombres comenzaron también a sonreír y a mirar, con admiración y respeto, al pequeño racimo de bananas que descansaba inofensivamente sobre aquella bandeja.


Historias de la imposición yanqui sobre Hispanoamerica y España (2012)
Cuento antologado en antología del nuevo cuento de Centroamérica y de República Dominicana Un espejo roto (Comp. Sergio Ramírez, GEICA, 2014)
Entre sur y norte. Edición al alemán. (Comp. Sergio Ramírez, Unionsverlag, Zurich, 2014)








Reencuentro

Revisé una vez más mis provisiones: tres litros de refresco de cola, una pizza de peperoni, dos barras energéticas y un paquete extra grande de nachos. Me froté la barbilla satisfecho: parecía ser suficiente para sobrevivir durante las próximas ochos horas. Me senté frente al ordenador, entrelacé los dedos y extendí las manos con las palmas hacia afuera, dispuesto a reanudar la partida del “Reino del dios loco”. El juego en línea tenía unas pocas semanas de haber sido lanzado, pero yo ya le había demostrado al resto de jugadores quién era el rival a vencer.
Estaba a punto de hacer clic en el botón de inicio, cuando alguien llamó al timbre de la puerta. Fruncí el ceño extrañado, no recordaba haber encargado más comida a domicilio. Seguramente se trataba de misioneros mormones o, peor aún, de Testigos de Jehová. Me encogí de hombros y me dije que muy pronto se cansarían de esperar. Sin embargo parecía que esos tipos estaban bastante interesados en la salvación de mi alma inmortal, ya que después de cinco minutos seguían tocando insistentemente el timbre. Suspiré y dejé caer la cabeza. Estaba visto que no me dejarían en paz. Avancé hacia la puerta con desgana, preparándome para escuchar las increíbles aventuras de Jesucristo en América, en el caso de los mormones o las delicias de un futuro paraíso aquí en la Tierra, en el caso de los Testigos. Sin embargo, al abrir la puerta, sufrí, por lo menos, unos tres microinfartos.
–Hola –me dijo la rubia más impresionante que había visto en mi vida.

Yo solamente pude abrir la boca, sin poder articular palabra alguna. 

–¿No piensas invitarme a pasar? –me preguntó ladeando la cabeza.

–Desde luego –le respondí, mirando hacia ambos lados de la puerta y haciendo la señal de la victoria con una mano. Si al final se trataba de una broma televisiva, ese gesto me permitiría salvaguardar mi orgullo y decir, que lo había sabido desde un principio.

Cerré la puerta, sin saber qué debía hacer a continuación. Ella se echó a reír y luego se me quedó mirando directamente a los ojos.

–Todavía no sabes quién soy, ¿verdad? –dijo entrecerrando los ojos.

–Desafortunadamente no conozco el nombre de todos los ángeles –sonreí.

–Vaya, mi querido Archivaldo, tú siempre tan galante.

Me quedé de una pieza. En toda mi vida, era la única mujer que me había llamado por el nombre de ese personaje de la Calle Sésamo. Me remonté a los años en el colegio. Durante ese tiempo Carlos, el que era todavía mi mejor amigo, y yo, conformábamos la línea dura de su club de admiradores. Ella lo sabía y había hecho todo lo que estaba a su alcance por atormentarnos y hacernos sufrir.

–¿Samantha? –pregunté extrañado.

–No me digas que estoy tan cambiada –dijo ella, haciendo un puchero– si no ha pasado tanto tiempo.
Yo abrí bien los ojos para verla. Tenía más o menos mi misma edad, así que ya estaba bien entrada en la treintena de años. Sin embargo, cualquier veinteañera habría subastado en ebay el orificio que todavía conservara virgen para poder costearse un cuerpo así.

–Es que sencillamente estás maravillosa –reconocí–. Y dime, después de tanto tiempo a qué debo el honor de tu visita.

–He venido a compensarte por todos los malos momentos que te hice pasar.
Se veía que ahora estaba forrada en pasta. Pensé que un monitor 3–D de unas veintiséis pulgadas y un procesador más potente para el computador, me vendrían de perlas. Sin embargo no creí prudente exteriorizar así, sin más, mis expectativas. Lo mejor sería esperar a que ella hiciera una propuesta concreta.

–¿Entonces? –me preguntó – ¿Quieres que te compense?

–No es necesario –respondí, fingiendo desinterés, pero cruzando mentalmente los dedos para que no retirara su oferta.

–¡Qué lástima! –exclamó tras un largo suspiro– y yo que pensaba pasarme el resto del día follando contigo.
Tuve que detenerme la quijada para que no cayera al suelo.

–¿Perdón? –alcancé a decir, limpiándome el oído con el meñique.

–Lo que escuchaste, que si estás dispuesto, vamos a follar como si hoy se acabara el mundo.
Tardé todavía algunos segundos en recobrar la compostura.

–No soy tan tonto –le dije sonriendo–. Seguro esperabas que corriera a abrazarte, para luego rociarme con gas pimienta. Lástima que ya no es tan fácil hacerme caer.
Ella se hizo a un lado el mechón de cabello que le caía sobre la frente. Cuando éramos jóvenes ese gesto bastaba para que pasara el resto del día soñando con ella. 

–No estoy bromeando –replicó– realmente quiero compensarte.

– No te entiendo, ¿por qué querrías hacerlo?
Ella inclinó el rostro y cuando lo levantó, sus ojos habían enrojecido.

–No he tenido una vida fácil –comenzó– tú no lo sabes, pero he fracaso varias veces en el matrimonio.

“Hasta donde tengo conocimiento han sido cinco veces”, comenté para mis adentros. La verdad es que había seguido con atención toda su vida, interviniendo las bases de datos de los registros civiles y de instituciones financieras.

–Mi último fracaso –continuó– ocurrió en Sudáfrica.  Se llamaba Ritske Blom.
Asentí en silencio. Por eso le había perdido la pista. No había encontrado información sobre ese viaje, y claro, a partir de entonces pasó a llamarse Samantha Blom.

–Creí que finalmente había encontrado la felicidad –dijo ella–, pero me equivoqué. Ahora, después de tantos tropiezos, he aprendido cuál es el camino que debo seguir. Y debo empezar reparando todo el daño que causé.

–¿Y me estás diciendo que el camino hacia tu felicidad comienza por tener sexo conmigo?
–pregunté sin mucha convicción.

–¡Exactamente! –exclamó.
No cabía duda, comparados con el programa de autorrealización de Samantha, los libros de Og Mandino y Dale Carnegie, quedaban reducidos a una reverenda porquería.

–En ese caso –le dije enarcando las cejas– ¿quién soy yo para entorpecer tus planes?

Me acerqué a ella, lentamente, todavía con algo de resquemor. Alargué una mano y le acaricié una mejilla con la punta de los dedos, temiendo que desapareciera en cualquier momento. Ella pareció comprender mi temor y me sonrió con ternura al tiempo que se acercaba a mí.

–De verdad estoy aquí –musitó en mi oído.

Tomé su rostro entre mis manos y la besé despacio, con suavidad, así como tantas veces había soñado hacerlo durante mis años en el colegio. Luego la estreché contra mi cuerpo y comencé a respirar el delicioso aroma de su pelo y de su cuello. Pensé que podría quedarme así para siempre, sintiendo su calor, escuchando su respiración, sin embargo, lo que se endurecía bajo mis pantalones, parecía tener sus propios planes.

Ella se apretó aún más y comenzó a besarme con fuerza. Su lengua se deslizó, cálida y ansiosa, en mi boca, explorando mis labios, buscando jugar con mi propia lengua.
Todavía enlazados por un profundo beso me condujo hasta la cama. Nos sentamos en el borde y ella comenzó a pasar sus dedos por mi cabello y por mi pecho y a susurrar, mientras me mordisqueaba el lóbulo de la oreja, que sólo tenía que relajarme y dejarla hacer.

Me tendí de espaldas y ella se inclinó para quitarme los zapatos y los calcetines. El bulto en mis pantalones ya debía resultar demasiado evidente. Quise ocultarlo entrelazando las manos sobre mi entrepierna, pero ella las retiró con delicadeza y comenzó a acariciarme por encima de la tela. De inmediato sentí un escalofrió que me recorrió todo el cuerpo y comencé a implorar en silencio, que no fuera a pasarme lo que a la lechera de la fábula, que derramó toda la leche antes de llegar al mercado.

Desabotonó mi camisa y con círculos suaves sus labios recorrieron mi abdomen, trazando luego círculos más amplios. Luego bajó la cremallera de mi pantalón y metió su mano en la bragueta para liberar mi miembro erecto. Sus labios se apoyaron delicadamente en mi glande. Pasó mucho tiempo dado rápidos y pequeños besos hacia arriba y abajo, desde la cabeza hasta la base de mi miembro. Después me hizo bajarme el pantalón y la ropa interior y comenzó a lamerme los testículos y a chuparlos con suavidad. Yo me aferraba a sus hombros, in- capaz de asimilar tanto placer. Luego, sin previo aviso, engulló todo mi pene hundiendo su nariz en mi vello púbico. Se quedó unos segundos así, sacudiendo un poco su cabeza, como si quisiera tragar aún más. Yo no pude contenerme y empecé a mover las caderas, haciéndole el amor en la boca. Seguí elevándome y descendiendo, con un movimiento circular, que hacía que la punta de miembro rebotara en el interior de su boca. En poco tiempo sentí que estaba a punto de estallar y, con dolor en el alma, tuve que detenerme. Todavía estaba joven, pero no quería arriesgarme a descubrir, que esa noche, mi pistola estaba cargada con una única bala.

Me quedé recostado en la cama y le pedí que se desvistiera frente a mí. Debí reconocer que, probablemente, nunca más volvería a ver algo tan hermoso como su cuerpo desnudo.
Le dije que ahora era su turno y que se acostara sobre la cama. Coloqué la cabeza entre sus piernas y comencé a trabajarle la vagina. Para darle placer oral a una mujer es más importante la destreza que el entusiasmo y, claro, la destreza solamente se adquiere con bastante práctica; una práctica que yo, desde luego, no tenía. Sin embargo, a pesar de que yo mismo era consciente de que estaba haciendo una pésima labor, no podía dejar de besar aquellos labios rosados, de sorber con pasión su clítoris (creo que ése era su clítoris, aunque no me jugaría la vida asegurándolo), de paladear con fruición los jugos que emanaban de su interior. Después de algunos minutos, ella me levantó la cabeza halándome suavemente del cabello.

–¿Adónde  quieres  metérmela  primero?  –me  preguntó con naturalidad– ¿Adelante o atrás?
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas. Era la pregunta más hermosa que me habían hecho en toda la vida.

–No tengo ningún lubricante –le respondí, indicándole claramente mi elección.
Ella se encogió de hombros con las palmas hacia arriba, como preguntándome cuál era el problema.
–Tienes saliva, ¿verdad? –me dijo finalmente.

Me mordí el labio y di las gracias mentalmente. Mi fe en la humanidad había sido restaurada. Froté mis manos y me dispuse a ponerme en acción.

Varias horas después y tras haber hecho todo lo posible por recrear las posturas más complejas del Kama Sutra, ella se recostó sobre mi pecho.

–¿Me perdonas por todo lo que te hice cuando estábamos en el colegio? –me preguntó expectante.
–Después de lo que acabas de hacer –le dije– podrías haberme arrollado con tu auto o haberme dejado inconsciente con un bate y no dudaría en perdonarte. 

Ella me sonrió y me dio un beso en la frente.

–En ese caso –me dijo, levantándose de la cama– es hora de marcharme. Me gustaría saber si todos a los que hice sufrir serán capaces de perdonarme.
En ese momento no le di importancia a su referencia hacia sus otras víctimas. Tenía cosas más importantes en que pensar.

–¿Volveré a verte? –le pregunté con ansiedad.
–No lo sé –fue lo último que me respondió esa noche. Cuando se hubo marchado corrí hacia mi computadora.

Necesitaba saber los detalles más recientes de su vida. Tecleé su nombre y filtré los resultados para leer los datos más actuales. Acerque el rostro a la pantalla. Debía tratarse de un error. Abrí uno de los enlaces y leí la noticia. Un escalofrío me recorrió la espalda. Habían encontrado su cuerpo sin vida en una habitación de hotel en Johannesburgo. Las evidencias preliminares apuntaban a un suicidio. Pensé que debía tratarse de otra persona, pero al final de la nota aparecía su fotografía. Era ella. Incluso vestía el mismo traje que llevaba esa noche.

Me llevé las manos al cabello y sentí un incómodo vacío en el estómago. Era como estar en medio de una pesadilla. Lo único que hacía falta era escuchar la voz de Rod Serling y que comenzara a sonar el tema final de la Dimensión Desconocida.

Lancé un pequeño grito cuando mi teléfono móvil empezó a timbrar. Miré la pantalla. Era mi amigo Carlos. Le pediría que llegara a acompañarme. No estaba seguro de que mis nervios resistieran hasta el día siguiente. 

– Carlos –le dije– no vas a creer lo que voy a contarte.
–Te equivocas –me dijo Carlos, desde el otro lado de la línea– tú no vas a creer lo que yo voy a contarte. ¿A que no adivinas quién está en mi casa?

De inmediato supe de quién se trataba. Debía poner a Carlos sobre aviso.
–Es Samantha, nuestra Samantha –dijo mi amigo–. Y sospecho que quiere tener algo conmigo. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

El tono de emoción en la voz de Carlos me puso a pensar. Él era un perdedor igual que yo. Nuestra idea de sexo seguro consistía en actualizar el antivirus antes de entrar a un sitio de pornografía gratis. Tenía razón, lo de esa noche, era lo mejor que me había sucedido en toda la vida. Bajé la mirada. Mi miembro descansaba como una pitón después de engullir un cervatillo. Podría vivir durante meses alimentándose solamente con el recuerdo. Qué importaba que Samantha estuviera muerta. Lo cierto era que quizás nunca podría tener otra oportunidad igual. Yo había echado el polvo de mi vida, ¿por qué habría de impedir que mi mejor amigo echara el suyo?
-Hazla pedazos, campeón –le dije y corté la llamada.

Relatos fotoeróticos, Ediciones Irreverentes, junio de 2014.
 



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KALTON HAROLD BRUHL
(Tegucigalpa, 1976)
Sus obras aparecen en varias antologías  publicadas en los últimos cinco años en distintas editoriales de España, Argentina, México y Estados Unidos. Ha  recibido diversos premios literarios entre los que se destacan: Primer premio en el VII Concurso Anual de Cuento Breve y Poesía de la Librería Mediática (Venezuela, 2010), Premio “Horacio Castillo”, al cuento extranjero destacado en el Certamen Literario Juninpaís (Argentina, 2010), Primer Premio en el Certamen Arcadio Ferrer Peiró de Narrativa en Castellano del Ayuntamiento de Canals (España, 2010), Ganador del III Premio  de Relato “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2010), Ganador del IV Premio de Relato “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2010), Ganador del IV Premio de Relato  “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2011), Premio único en el  III Certamen Literario Centroamericano Permanente de Novela Corta (Honduras, 2011), Primer Lugar,  rama de cuento, Juegos Florales de Santa Rosa de Copán (Honduras, 2011); asimismo ha resultado finalista en varios certámenes literarios, entre los que se mencionan: VII Premio Internacional “Vivienda -Villiers” de Relato (España, 2012), II Premio TERBI de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción (España, 2012), X Certamen Internacional de Microcuento Fantástico MINATURA (España, 2012) y en el Concurso Internacional de Minicuento “El Dinosaurio” (Cuba, 2012).
También aparece en un Espejo Roto (GEICA, Instituto Goethe, 2014).