sábado, 20 de octubre de 2012

Flash back (Post scriptum). Giovanni Rodríguez





FLASH BACK (Post scriptum)
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¡Huele a mierda! ¡Inexplicablemente huele a mierda! Todo huele siempre a mierda. Si estoy aquí, sentado obstinadamente frente a la pantalla de mi computadora, dispuesto a escribir después de todo este tiempo, es sólo porque me vienen a la mente viejos recuerdos, recuerdos de cuando era demasiado joven y creía aún en las posibilidades de cambiar el mundo. Tendría acaso unos dieciocho años y no soñaba siquiera con mantener una relación seria con ninguna mujer. Había conocido a tres amigos y había conformado con ellos un singular grupo con la firme –y loca, absurda, arriesgada- intención de derrocar el poder eclesiástico del país. 

Trataré de decir esto de la manera más rápida posible. Es urgente que lo haga. Seré breve. Un día un periódico local publicó la nota curiosa de los mensajes escritos en las paredes de una iglesia, y a partir de entonces a la prensa nacional le interesó sacarle todo el provecho posible a la idea morbosa de que el máximo líder religioso del país pudiera ser, antes que un santo, un hombre impulsado por causas diabólicas. 

Todavía conservo el recorte, que en aquel momento significó para nosotros cuatro una especie de homenaje, junto con los recortes de las noticias posteriores. 

Ahora que puedo ver hacia atrás, después de haber leído una y otra vez eso que ahora constituye la historia de Los Herejes, he de aceptar que en esencia lo que en el libro se cuenta es absolutamente cierto. Y digo “en esencia” porque aunque los hechos no se hayan producido exactamente de la misma manera en que son referidos en el libro, sí aparecen representados en él al menos como nosotros hubiésemos querido que sucedieran.

Eran los días de la locura, de la insensatez, pero eran también los días de vivir la vida no como simples observadores, sino como protagonistas. Imagínenme entonces con toda esa fuerza vital que no doy muestras de poseer ahora, queriendo agarrarle los huevos a Dios.

No voy a contradecir lo que está escrito en las páginas de ese libro biográfico de nuestro grupo. Soy consciente de que al final de cuentas la historia depende del punto de vista del cual se la mire. Pero ahora que me vienen los recuerdos de esos días, me da por aportar otros puntos de vista, no para modificar la historia, sino, quizá, para enriquecerla.

La noche de los disparos no se nos ocurrió otra cosa que llevarnos al herido a un motel de paso en las afueras de la ciudad. Todavía me río pensando en todo lo que pudo haberse imaginado el administrador al ver llegar a cuatro “machos” empapados a su motel. Después de levantar la cortina metálica para que introdujéramos el carro, cerró tras nuestro y apareció unos minutos después en la ventanita de la parte posterior de la habitación con cuatro toallas y cuatro cajitas de preservativos de tres unidades cada una. Nos dijo que por tratarse de cuatro y no de dos, como usualmente ocurría, tendría que cobrarnos el doble de la tarifa normal. Rápidamente reunimos los seiscientos lempiras para que el tipo se esfumara y nos permitiera concentrarnos en la herida que la bala le había producido a Simón en la parte anterior del muslo derecho. Por fortuna ésta no se había alojado dentro, pero el roce provocó que perdiera mucha sangre. Simón, desde el momento del disparo, sólo había emitido un grito de dolor, y toda su euforia inicial se había transformado en un letargo que le hacía parecer indiferente ante su propia circunstancia; pero aun así, si uno ponía atención, podía descubrir en su rostro una combinación de dolor, vergüenza y frustración. Mientras limpiábamos y examinábamos la herida, uno de nosotros buscó al administrador del motel para pedirle algunas cosas de su botiquín. Lo convenció de colaborar y guardar silencio con dos billetes de cien. Luego volvió a la habitación, desinfectamos la herida y la vendamos. Al amanecer, fuimos a dejar el carro a una gasolinera para que el hermano de Ricardo lo recogiera, y partimos, de bus en bus, hacia el norte.

Durante más de cinco meses nos dedicamos a recorrer buena parte del país. Empezamos por los morenales de la costa norte, en donde nunca fuimos mal recibidos. Parecíamos los últimos turistas de una generación a punto de extinguirse. Subsistíamos con poco: restos de nuestros ahorros y los envíos de la madre de Simón. Nos suponíamos buscados por la policía, pero en realidad la policía nacional no era tan hábil como para deducir que las simultáneas desapariciones de cuatro muchachos que vivían en cuatro distintos puntos de la ciudad se derivaban del intento de secuestro a un pastor evangélico famoso. Cada uno de nosotros había hecho sus respectivas llamadas telefónicas justificando su desaparición ante familiares y amigos, y aunque ninguno percibió en sus interlocutores el tipo de alarma que temía, optamos todos por no confiarnos demasiado.

Durante esos primeros días de la huida en los morenales nuestra amistad se volvió más firme que nunca. Para entonces ya no compartíamos solamente las mismas ideas, sino también los mismos secretos y los mismos temores. Los cuatro experimentamos una especie de vuelta a la semilla. Poco a poco nos fuimos olvidando de nuestros ideales, de nuestro hartazgo por la idiotez popular, como dice en las páginas del libro, y fuimos cayendo en un agradable estado de complacencia con todo lo que nos rodeaba. Llegamos a un punto en que nos olvidamos de la razón por la que estábamos ahí y no en la ciudad, en nuestras casas, con nuestras ocupaciones diarias. Fue una conveniente involución. Crecieron nuestras barbas y nuestras cabelleras. Nos bañábamos en los riachuelos que bordeaban los morenales y desembocaban en el mar, comíamos la comida y bebíamos la bebida que nos ofrecían los negros, nos emborrachábamos y bailábamos en la arena, bajo champas construidas con troncos y palmeras de coco o bajo el resplandor metálico de la luna, nos acostábamos con las mujeres jóvenes y no pensábamos en el amor o en las vidas posibles, éramos sólo fragmentos de una existencia remota más allá del tiempo y de nosotros mismos.


Pero no podíamos permanecer mucho tiempo en el mismo lugar y nos movíamos siempre. Éramos cuatro puntitos en permanente fuga.


En Tornabé decidimos que debíamos ir a las Islas, y nos fuimos. Nos subimos a una lancha barata que nos llevó, junto a otros cuatro tripulantes, desde La Ceiba hasta Roatán. Todos recordábamos las palabras de Valdo al describir el lugar: “Esa isla es un paraíso. Ahí te olvidás de todo, sólo querés ver y beber, ver y beber, desde que llegás hasta que te vas”. Y nos la pasamos viendo y bebiendo durante cuatro días, hasta que el dinero empezó a escasear de nuevo y no había posibilidades inmediatas de que la mamá de Simón hiciera una nueva transferencia bancaria. Cuando veníamos de regreso en otra lancha los cuatro, como si de pronto la felicidad colectiva se hubiera puesto de acuerdo para extinguirse al mismo tiempo, vomitamos sobre el mar, mientras muy cerca de nosotros los delfines jugaban a acompañar nuestro viaje.

¿De dónde viene este olor a mierda? Dirijo mi olfato hacia todas direcciones y no logro dar con ese maldito olor a mierda que se ha vuelto insoportable, no por el olor en sí sino por no saber de dónde proviene.

Sigo escribiendo. Aún con este molesto olor a mierda sigo escribiendo. De hecho, cada vuelta a la conciencia de la existencia de este olor a mierda es lo que me permite establecer pausas entre lo que escribo. Porque no soy de los que escriben mucho de un tirón. No soy de los que pueden sentarse a escribir durante dos horas seguidas. Soy, más bien, un escritor de rachas cortas, de los que escriben unas pocas líneas y toman aire para no ahogarse. Escribo esto porque es una necesidad que me vino de repente. No es que necesite reivindicarme de alguna forma por lo que hice o pude haber hecho mal, pero creo que quizá valga la pena aportar algunos datos adicionales sobre esa curiosa historia que construimos con nuestras irreverencias juveniles. 

Sabíamos que la policía consideraba delito un intento de secuestro. Nosotros no lo considerábamos así. Al menos no considerábamos que joderle la vida a un pastor evangélico debiera representar una infracción a la ley. En nuestro particular código moral considerábamos un deber social joderle la vida a ese pastor. Así de grande era nuestro compromiso con la sociedad. 

¡Otra vez se me viene este olor a mierda! Pero no parece haber mierda por ningún lado aquí cerca. Ha de ser una mierda sicológica, o metafísica.

He querido reproducir en estas páginas esos recuerdos juveniles no porque considere que esa vieja historia tenga algo de importancia, sino solamente para ofrecer a quien las lea un panorama de lo que fue mi vida, y la vida de mis tres amigos, en sus años más auténticos, más vitales.

A estas alturas ya no voy a andar haciendo travesuras herejes. Soy algo mayorcito para eso. Aquellos días, si bien no me arrepiento de haberlos vivido de esa manera, fueron días de una juventud enfebrecida en los que todavía pensaba que podía ayudar a cambiar el mundo con mis acciones. Casi todos los jóvenes, en su momento, piensan lo mismo, pero muy pocos se deciden a actuar como nosotros lo hicimos. No estoy arrepentido. Y sé que nuestro disparatado aporte a la sociedad pudo quizá no haber significado nada para ésta, pero al menos esa forma de vida que llevábamos por aquellos días nos ayudó a nosotros mismos. Nos ayudó a encontrarle un poco de significado a nuestras vidas. Nos ayudó a pasar los tiempos difíciles en el espíritu de un solo propósito. Teníamos una razón para vivir y para seguir luchando, más allá de los problemas de cada uno. Nos ayudó, en fin, a justificar, aunque fuera de manera arriesgada, nuestra pobre existencia.

Es difícil escribir cuando se tiene hambre. Más difícil todavía si además de hambre hay un olor a mierda que proviene de cualquier punto de la habitación. Que digan lo que quieran los demás, yo no soy de los que puede escribir algo decente si tiene en su estómago ese continuo joder que es el hambre. He de aceptar que muchas veces me he quedado escribiendo algo durante varias horas sin preocuparme de que aún no haya caído nada al estómago. Pero es distinto. Si lo primero que vino a la mente y por ende a todo el organismo fue el impulso de la escritura, ese impulso habrá de mantenerse por encima de la conciencia del hambre. Pero si es el hambre y la conciencia del hambre lo que llegó primero, como es el caso de ahora, me resulta imposible pensar en escribir y mucho menos disponerme a hacerlo ya sentado frente a la computadora, con la pantalla en blanco. Microscópicos seres parasitarios se alimentan mientras tanto de mi necesidad de alimento, conspiran, se unen contra mi disposición literaria. Y me rindo ante ellos.

Pasé hambre en el pasado. Hambre de todo tipo, no sólo de comida. Mi apetito voraz se manifestaba en muchas otras cosas. Quería ser diferente a todos los demás, no quería que me consideraran parte de todo aquello que perteneciera a lo común, a lo corriente, a lo vulgar, y por eso me lanzaba a las acciones extremas. Estaba dispuesto en ese tiempo a lanzarme con paracaídas desde un helicóptero, a lanzarme de un puente con una soga elástica atada a mis pies, a probar todas las drogas posibles, todo para poder decirme a mí mismo y decirle también al resto del mundo que había viajado a los límites de la vida y había vuelto ileso, que era un loco, sí, pero con pasaje de ida y vuelta a la locura. Tenía hambre de gloria y hacía cualquier cosa con tal de alcanzarla. Creía todavía en La Gloria Mayor y por querer aprehenderla fracasaba rotundamente. Poseía una imaginación desbocada. Emprendía grandes proyectos y ninguno de ellos llegaba a concretarse. No había una disciplina, lo echaba todo a perder. Y con las mujeres ocurría igual. No era capaz de amar a una sola, las quería a todas y en cada una de ellas encontraba una cualidad extraordinaria, y la suma de todas esas cualidades extraordinarias constituía a la mujer extraordinaria, precisamente a la mujer que no podía tener. Por eso, muchos años después, cuando conocí a V, ya no era un muchacho de mirada horizontal, concentrado únicamente en ese punto de fuga personal que me impedía percibir lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, entonces ya me detenía a observar mis pasos con una atención insólita, como si en el acto cotidiano de caminar se hallaran todos los secretos de la existencia, como en espera de que en cualquier momento me tropezaría con una piedra y ese tropiezo me obligaría a caer, y por primera vez caería consciente de mi propia caída, y eso representaría el principio de un nuevo modo de existir. Así fue como ella me encontró, absorto en la contemplación de la piedra en la que recién había tropezado, pero aún sin ser del todo feliz por el tropiezo, esa parte le correspondía a ella procurármela.

Pero no es mi historia con ella la que quiero contar ahora. Para ella habrá tiempo después, ella tendrá su propia historia. La historia que quiero contar ahora ustedes los lectores de este libro ya la conocen, es la historia de cuatro muchachos a quienes todos llamaban Los Herejes, es la historia que han leído antes de llegar a este apartado titulado “post scriptum”, es la historia que prometí contarle a Rodríguez, el encargado de reorganizar los papeles que una vez recibió en su oficina para que los publicara si el material era de su agrado. En los primeros días de enero de este 2008, casi un par de años después de haber acabado todo, me he comunicado con Rodríguez. Lo llamé primero a la oficina de la Secretaría de Cultura, pero me informaron que ya no trabajaba ahí y que ahora vivía en España. Me proporcionaron un número telefónico de la casa de sus padres. Llamé ahí y su mamá, después de explicarle el motivo de mi llamada, me dio el número de su celular en España. Cuando al fin pude escuchar su voz le dije mi nombre y le dije que quería saludarlo personalmente. No le dije que yo era el narrador de la historia de Los Herejes. Sí le dije que conocía los papeles sobre los que él estaba trabajando y le hablé también de mi intención de escribir un texto adicional para esa historia. Hizo varias preguntas que me negué a responder en ese momento. Un post scriptum, dijo finalmente, como analizando mi oferta, y yo dije bueno, eso, un post scriptum. No es mala idea, dijo él, ¿tiene información adicional?, agregó, y yo dije sí, información valiosa, pero me gustaría dársela personalmente. Por ahora no se puede, me dijo, pero en febrero estaré en Honduras; si quiere, nos ponemos de acuerdo desde ahora. Perfecto, le dije, dónde preferiría que nos encontráramos, pregunté. Si le parece, que sea el 24 de febrero en el café Pamplona, dijo, y yo dije sí, en El café de los artistas. En el qué, dijo él, y yo dije nada, nada, sé que así lo llama usted en una novela que mantiene inédita y que así le llamó Valdo a un café guatemalteco en uno de sus cuentos. ¿Ha leído mi novela?, dijo él, sí, dije yo. ¿Pero cómo es posible? Bueno, ¿y qué le pareció?, preguntó. Bueno…, mascullé. No tiene que decir nada, total, es una novelita de juventud, un ejercicio de aprendizaje, ya quedó en el pasado, se apresuró a decir antes que yo le contestara algo concreto. Yo también me dedico a la literatura, dije, tengo algunas cosas escritas y una de ellas usted la conoce mejor que yo… ¿Cómo?, dijo él, ¿quiere decir que es usted escritor?, ¿y por qué dice que yo conozco ese escrito suyo?, agregó, y yo le contesté bueno, sí, algo de eso hay, pero mejor acordemos la hora en que nos veremos ese 24 de febrero y ahí me podrá preguntar lo que quiera. Sí, claro, disculpe, dijo, es que me llamó mucho la atención lo que acaba de decirme, ¿le parece bien a las once de la mañana?, preguntó, y le contesté que sí, que a las once estaba bien, y eso fue todo. 

Así que después que Rodríguez aceptara incorporarle un texto adicional a la historia de Los Herejes, le envié por correo electrónico, en unas diez cuartillas y fuente Garamond 12 puntos, esto que ahora leen ustedes. Pero en la conversación no le dije toda la verdad, preferí dejarlo para el final, es decir, cuando por fin leyera este texto que ahora escribo para él y para ustedes los lectores. Pero no deben ustedes dar ahora el previsible salto a los últimos párrafos de este escrito para descubrir esa verdad de la que hablo. Permítanse la oportunidad de sospecharlo, de ir atando cabos, de aventurarse a imaginar cuál será esa verdad de la que hablo, no cedan a su curiosidad de lectores hembra, continúen leyendo por estas líneas y no salten, eso no beneficiará en nada su lectura.

Los cuatro personajes herejes existimos verdaderamente, es decir, existimos no sólo en el libro que ustedes acaban de leer, sino también en la realidad, en la realidad objetiva. ¿Comprenden? Digo pues que Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo sí existimos, y en este momento andamos por ahí, cada uno por su lado, acordándonos de toda esta pendejada nuestra de juventud. Yo mismo soy la prueba de que lo que digo es cierto. Si no, ¿quién más podría contarles esta historia?

Cuando agotamos el mar y la arena no nos quedó otra que hacer turismo en el interior del país. De La Ceiba pasamos por San Pedro Sula (fue la única vez que corrimos ese riesgo después de lo ocurrido algunos meses antes) hacia Copán. Allá también nos la pasábamos borrachos y felices y no necesitábamos de mucho para lograrlo. Un día nos encontramos en el parque arqueológico a un europeo que andaba con los ojitos perdidos de tanta marihuana fumada. Nos dijo que le gustaba Honduras, que se había establecido en un hotel céntrico de San Pedro Sula para de ahí partir a Islas de la Bahía y Copán, los dos sitios que le habían llamado la atención desde que se informó en Austria, su país de origen, sobre las opciones turísticas en Centroamérica. Nos contó una historia extraña sobre un desierto de Israel y un amigo mexicano que le había ayudado a sobrellevar sus días aciagos. Dijo que extrañaba a aquel amigo mexicano y que en homenaje a su amistad nunca había dejado de hacer sus ejercicios. No entendimos a qué se refería. Lo dejamos mientras observaba, minucioso, la estela A del lado oeste del parque, como si de ella creyera poder extraer el sentido de una verdad profunda, inalcanzable para nosotros. No creo que haya notado nuestra partida.

Una nueva pausa. Si esto se alarga no me culpen, trato de escribir con un ritmo contenido; de todas maneras, no debo escribirlo todo de un tirón, las pausas son mi recurso para no ceder a la tentación de revelarles ahora mi secreto, pero terminaré haciéndolo, porque de eso se trata al fin y al cabo este texto que ahora escribo, esa fue la razón (debo confesar eso al menos por ahora) por la que llamé a Rodríguez. Necesito decirles quién soy y para qué escribo.

Sigamos. No crean que me he olvidado del hambre ni del olor a mierda. Sobre todo del olor a mierda. Ahora, incluso, me parece que se ha vuelto más fuerte. Es como si alguien invisible trajera hasta mi nariz un pedacito de mierda invisible para obligarme a olerlo mientras escribo. Ahora que lo pienso, ese debe ser mi fantasma personal, mi odradek. Mi odradek es un odradek de mierda, y además, invisible. Pero sigamos.

Después de un recorrido apresurado por Copán, Gracias, La Campa, La Esperanza, Comayagua y algunos pueblos de Santa Bárbara, nuestras respectivas familias empezaron a preguntar demasiadas cosas. A nadie le había parecido sensato que de repente decidiéramos largarnos de casa por un tiempo indefinido, excepto a la familia de Simón, porque éste una vez había hecho algo parecido: se fue con unos mochileros a recorrer el mundo, aunque el recorrido duró poco porque lo abandonaron en Panajachel, en Guatemala, y de ahí tuvo que ingeniárselas para volver. Así que no todos estaban dispuestos a justificar nuestra pendejada por mucho tiempo. Habían pasado casi cinco meses, tiempo suficiente para que los más suspicaces miembros de nuestras familias empezaran a sospechar que en aquella huida repentina había algo raro, además del espíritu aventurero que pretextábamos. Nos preguntaron si andábamos metidos en negocios de drogas, si estábamos relacionados con gente peligrosa, si pensábamos seguir así toda la vida, si no íbamos a seguir estudiando, etcétera, etcétera, etcétera. Ya no resultaba reconfortante llamar a casa para preguntar por la familia, por el pulso del mundo allá donde el mundo continuaba de la misma manera; ahora había que aguantar regaños, puteadas, súplicas o llantos, todo para que los señoritos de la casa volvieran sanos y salvos. Entonces, de repente, como si todas las recriminaciones familiares hubieran surtido el efecto deseado, el mundo se convirtió en un país extranjero donde ya no había necesidad de huir ni de volver a casa. Y decidimos volver, aunque no fuera tampoco eso lo que quisiéramos hacer. Lo que pasó es que nos entró un bajón de primera, un bajón moral al fin y al cabo, y empezamos a sentir que nuestras aventuras llegaban a sus últimos días. 

Ahora los cuatro nos dedicamos a actividades más o menos sensatas. Uno de nosotros a la publicidad en la capital. Otro se casó con una jovencita mucho menor que él y se fue a vivir con ella a un pueblo remoto en el oriente del país, en donde, al parecer, se dedica a la docencia. Del tercero sabemos que un día se fue a estudiar a Chile o a España o a México, no sabemos adónde, y perdimos la comunicación con él. El cuarto y último de nosotros terminó siendo, contra todos los pronósticos, profesor en la universidad. Yo, como ven, soy uno de ellos o quizá los cuatro, pero antes que uno de ellos soy la conciencia de ellos cuatro, quizá el odradek de ellos cuatro. Me dedico a escribir desde el día en que decidí contar esta historia por primera vez, aunque entonces era un odradekscritor inexperto y sólo lo hacía por un impulso vital, sin saber nada del dominio técnico y de muchas otras cosas. Por eso le envié mi manuscrito a Rodríguez, para que él lo revisara, lo ordenara y lo publicara en el caso de resultarle interesante. Y ya ven, he aquí la historia que un día decidí primero contarme a mí mismo para no olvidar y que después creí necesario publicar. Me dedico entonces a escribir, una actividad no menos insensata que secuestrar personas, pero por la que al menos no tengo que huir de nadie, sino al contrario, me permite perseguir a los seres humanos y sus fantasmas, como durante el tiempo en que escribí nuestra historia, siguiendo hacia atrás el rastro de nuestras vidas pasadas y siguiendo además el hilo de mis propios recuerdos. 

Ésta es nuestra historia, mi versión particular de una historia compartida. He dicho todo lo que debía decir. Iba a decirles más acerca de quién soy y para qué escribo, pero creo que no será necesario; ya deben ustedes, lectores inteligentísimos, sospecharlo. Y la verdad es que no importa quién soy. Importa quizá que conozcan esta historia hereje de nosotros cuatro. Si alguien más podría desmentirme, ese sería alguno de nosotros cuatro o el tiempo que acaba por desmentirlo o confirmarlo todo, como esos vientos fuertes que en un momento dado descubren para nuestro regocijo algún vestigio, algún instante de un pasado remoto y desconocido. Pero no creo que mis amigos herejes quieran volver al pasado de la misma forma que yo, es decir reviviéndolo, sintiéndolo, siendo una vez más parte de él; y el tiempo tampoco tiene mejores recuerdos que los míos; nadie ni nada han estado tan cerca de esta historia como lo he estado yo durante todo este tiempo. Así que doy por descontado que éste es, ahora sí, su punto final. Adiós.

San Pedro Sula, marzo de 2008



de Ficción hereje para lectores castos (mimalapalabra editores, 2009)


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(San Luis, Santa Bárbara, 1980) Estudió Letras en la UNAH-VS. Es miembro fundador de mimalapalabra y editor del blog www.mimalapalabra.com. Durante 2007 y 2008 coeditó la sección literaria del mismo nombre en diario La Prensa. En 2011 fundó la revista cultural Tercer Mundo. Ha publicado los libros de poesía Morir todavía (Letra Negra, Guatemala, 2005), Las horas bajas (SCAD, Tegucigalpa, 2007) y la antología personal Melancolía inútil (mimalapalabra, San Pedro Sula, 2012); la novela Ficción hereje para lectores castos (mimalapalabra editores, 2009) y una colección de artículos y reseñas literarias bajo el título Café y Literatura (mimalapalabra editores, 2012). Con Las horas bajas ganó en 2006 el Premio Hispanoamericano de los Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala. En 2008 fue uno de los ganadores del certamen de poesía La voz + Joven, de Madrid. Poemas y cuentos suyos han aparecido en diarios y revistas de España. Fue columnista del diario Hoy de Guatemala entre 2008 y 2009. Residió en España entre 2007 y 2010. Antologado en Entre el parnaso y la maison. muestra de la nueva narrativa sampedrana (Editorial Nagg y Nell, 2011). Actualmente ejerce la docencia en la UNAH-VS. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Insomnia. Jessica Sánchez



Emil Schildt


Insomnia

Algunas noches me levanto de la cama con una extraña ansiedad, un profundo dolor que comienza en el hombro izquierdo extendiéndose hacia el brazo y la mano, llegando a apoderarse de todo mi costado. A veces el dolor es tan grande que me deja inmovilizada y me es imposible caminar erguida al día siguiente. Es evidente que tengo problemas con el lado izquierdo.

A pesar de que me han practicado casi todos los exámenes posibles, de una manera minuciosa, estos no me aclaran nada, aparentemente soy una mujer sana y muy hipocondríaca. Eso hace que los doctores me miren de forma sospechosa e incrédula cada vez que les doy los detalles de la enfermedad que me devasta el alma:

No tiene nada, señora, lo suyo es estrés, agotamiento emocional.

Es una mujer muy preocupada, ande, descanse y tómese un tiempo de relax que ya verá que le va bien.

—Señora, necesita unas ampollas de vitamina B12 para que su cuerpo le responda, así revitaliza su sistema nervioso.

¿No será que tiene muchos problemas? Mire, esta vida no es de preocuparse tanto, las cosas no son tan terribles. La vida pasa y las cosas quedan.

—Lo suyo es maña, no tiene nada. Váyase a su casa y busque en qué ocuparse, esa es la mejor terapia.

Sentada como autómata en un extremo del sillón, no siento que las afirmaciones me reconfortan. Al contrario: una mano invisible me aprieta el corazón y lucho por no gritar; por no salir corriendo para desnudarme en medio de la calle a llorar de cansancio. Entonces entiendo que mi mal es mucho peor, un hálito invisible, un ilusionista que solo deja ver lo que quiere a los extraños, sin compartir jamás el secreto de su magia. Miro a los médicos desde el rincón del odio y me repliego, abriéndome paso en el infinito mundo de posibilidades entrañables, pócimas y remedios de la infancia. Mi mente pasea en otra parte.

Paso lista a los remedios caseros:

√ Infusiones de valeriana y tilo
√ El vaso de leche antes de acostarse
√ El ejercicio físico para caer rendida
√ Procurar un ambiente pacífico y relajado
√ La meditación
√ Evitar las emociones fuertes, los sobresaltos o los enojos imprudentes
√ Las pastillas (no vaya a ser una cuestión hormonal)
√ No tomar ninguna sustancia estimulante durante el día y mucho menos antes de acostarse (entiéndase café, chocolate, chiles o dulces)
√ Evitar las preocupaciones (qué cosa tan absurda ¿alguien puede?)

Entiendo que el insomnio puede llegar a ser una vocación solitaria. Llego a mi casa y oigo la mitad de lo que mi marido me dice. Él, a cambio, me escucha también solo la mitad. Mi hija hace un escrutinio exhaustivo en mi cara, buscando borrar con sus manos las huellas de la falta de sueño, luego se baja de mis piernas y preocupada me hace dibujos de familias felices para que yo pueda reírme también. Y sonrío, mientras hojeo un papel, una revista, cualquier cosa que me aparte de su carita feliz e iluminada para no sentirme culpable cuando le digo que las niñas tienen que dormir temprano, como sus mamás.

Las noches se acercan besándome la cara. Siento frío. Los colores que se van dibujando son más oscuros, pasan de una tonalidad azul poco profundo a un azul marino y después azabache, casi negro.

Me pregunto si las respuestas del infinito se encuentran en ese inmenso espacio azul. Recuerdo viejas historias de brujas, fantasmas o aparecidos y solo puedo decir que en mi larga lista de noches recorridas no me he topado con ningún ser espectral que aparezca a la vuelta de los cuartos para tenderme la mano. Ni voces ni murmullos. Únicamente el silencio. Y este dolor atroz que no me deja llorar. Me envuelve y no me siento. Solo soy un corazón izquierdo, un dolor izquierdo, un brazo atrofiado. A veces creo que éste me marca, que atraviesa mis sentidos y se instala como una gran cicatriz sobre mi mejilla izquierda y es inconfundible. La marca del insomnio. Recuerdo cada cosa que me duele para convocar el llanto y hay ocasiones en que éste demora en aparecer. A veces acude pronto y solícito, como anhelante. He notado que conforme pasan los años las lágrimas se van haciendo más ardientes y menos copiosas. Más difíciles de encontrar.

Cuando vivía con mi madre me entretenía pasando la noche frente al televisor, ella se levantaba convocada por la claridad reflejada de la pantalla.

—Apagá esa luz, que no me deja dormir.

—Ya voy madre, ya voy.

La cuestión es que la apago y sigue prendida. Me ilumina por dentro, permanentemente.

Ahora no veo más televisión. Escribo. Las lágrimas caen sobre el papel que desdibuja las palabras por completo y sé que mañana me convertiré en mi peor crítica y borraré de un tajo todo lo impreso o lo tiraré en la basura. ¿De qué sirve? ¿Para qué escribir sobre la locura, la muerte, el insomnio? Nadie quiere leer eso, nadie quiere complicarse la vida con las manías de otros; particularmente si ese otro es una mujer con rasgos claramente histéricos y por demás hipocondríacos.

El ilusionista que vive dentro de mí se ríe y yo me carcajeo con él, me oprime el corazón pero no importa, igual me río de la futilidad de mis esfuerzos. Sé que vive en el borde de mi cama y de mis recuerdos. Por un brevísimo instante me siento su cómplice y me veo como en el espejo, él dormido y yo recorriendo los rincones prohibidos de los sueños, buscando, eternamente despierta.

Un baño de agua tibia y saltar medio dormida a recorrer de nuevo la programación de la tele. Busco frenéticamente las pastillas azules para dormir y las encuentro en algún rincón de la cocina. Tomo una, lo suficiente como para entrar en la inconsciencia y no andar como zombie al día siguiente. No son recomendables, dicen los doctores, son adictivas. Una cosa más a la lista, pienso yo.

De día pruebo con el grupo de autoayuda. No me funciona porque duermo y tengo pesadillas, un lago profundo, un bosque donde estoy perdida y sola, gente en pedazos, un bebé gigante que llora y me abruma. Me obligan a contar la historia y repasarla una y otra vez.

Recuerdo a mi madre y sus constantes sobresaltos: —Que viene ese hombre y me va a sacar a la calle desnuda, me agarra dormida y me mata, por dios que me mata, hay que dejar encendida una luz para ver a qué hora viene; y dormite con la ropa puesta porque a la hora que nos levante estaremos listas.

Y así era, mi padre llegaba a buscar al amante imaginario que ella convocaba en sus horas de soledad, debajo de las camas, en los cuartos y en el baño. No lo encontraba porque casi siempre estaba en estado de levitación suspendido en el techo, mirándonos de reojo. Papá se enfurecía y buscaba un cuchillo para obligar a mi madre a decir la verdad y ella le sonreía con desprecio mientras el amante imaginario se colocaba detrás de ella, divertido.

Después era nuestro turno: blandía el cuchillo mientras mi hermana y yo lo mirábamos. No decíamos nada, chillábamos hasta ponernos afónicas. —Para que aprendan —decía él—, para que no piensen que me pueden engañar.

Luego, cuando nos abandonó (mi padre), la paranoia se instaló cómoda y sutilmente entre nuestros ojos: los ladrones, la gente que anda por ahí, las cosas que se roban. —¿No te diste cuenta la otra vez que se le metieron a Doña Chana? Y después unos ruidos en el zinc de la casa, aquí también quisieron meterse, si no hubiera sido porque hice aquellos ruidos, aquí de sobra nos matan y nadie se entera.

— ¡Cállense!, dejen de reírse, ¿quieren que nos encuentren? Esas cosas pasan en el momento menos pensado, una espera toda una vida y ¡zas! lo que no pasa en toda una vida pasa en un momento, como la vez que te metiste una espina en el pie, ¿te acuerdas? que estabas diciéndome que nunca se te había metido una y cuando te dije ¿qué pasó? Ahhhh, pero no hacen caso...

—Apagá esa luz.

—No puedo, madre, está prendida en mis párpados.

Llevo un diario como terapia y descubro que eso me ayuda, me vacía un poco. Escribo, escribo, escribo. El ilusionista se va, pero regresa y me observa. Escribo sobre mi abuela prendiendo las luces a medianoche porque había visto otras luces sospechosas verdes y amarillas en los rincones de la casa. Destellos fosforescentes que llamaban su atención y no la dejaban dormir, acompañadas por los cantos de los gallos, que no es por nada que cantan a medianoche -un ánima en pena o una botija sin encontrar—, dinero maldito al fin de cuentas.

Escribo sobre mi abuela comprando zapatos de suelas especiales para levantarse de madrugada sin hacer ruido y no despertar a nadie; haciendo sus rondas nocturnas y sentándose en la silla mecedora a leer revistas viejas. Recordando a su hermano, el ser que más amó en esta vida. Ella, que estaba incapacitada para amar.

También escribo sobre mi otra abuela —la madre de nuestro padre psicópata—, despertando y tocando a la puerta del cuarto donde dormíamos con mis hermanas cuando llegábamos de vacaciones. Mirándonos amorosamente mientras extraía cuidadosamente una piedra lumbre de sus bolsillos y la pasaba por nuestro cuerpo musitando oraciones, haciéndonos una limpia para sobrevivir en el infierno y una cruz de saliva para que siempre la lleváramos presente. Ella, con sus trenzas blancas y su piel cuarteada como papel de pergamino viejo, pensaba en nosotras.

Termino las últimas palabras y el dolor que desaparece por completo. Por unos instantes, tan solo por unos momentos, porque mis abuelas no están y Mamá Rosa con su piedra lumbre no podrá convocar el sueño.

—Apagá la luz.

—No es necesario, ella sola se apaga.

El contorsionista se ha marchado esta vez y mi corazón descansa. Respiro mientras el diario resbala por mis dedos. Mañana tendré que contarlo en mi grupo de autoayuda.

Infinito cercano (2010)

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(Lima, Perú, 1974) Nacionalidad hondureña/ peruana. Licenciada en Letras, con una maestría en Estudios de Género. Ha trabajado con organizaciones de mujeres y ha realizado investigaciones para organismos internacionales como la OIT y el BID.
Medalla de plata en los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán, 2002. Es miembro de la Red de escritoras latinoamericanas. Ha trabajado en producción y distribución de la revista Letras de la UNAH- VS, (1995-2001). Coordinadora del Consejo Editorial “Capiro” (2000-2002). Diseño y montaje de la campaña radial sobre Derechos Humanos de las Mujeres en Honduras (1996-1999). Tiene algunos trabajos publicados en: Antología de poemas. Mujeres poetas en el país de las nubes. México D.F. (2001-2003). Coproductora de La llorona: Agenda de mujeres hondureñas (1995). Ha publicado trabajos en Ciencias Sociales. Compiló la Antología de cuentistas hondureñas (Letra Negra, 2005). Publicó el libro de relatos Infinito cercano (Letra negra, 2010). Ha sido incluida en las siguientes antologías: Entre el parnaso y la maison. Muestra de la nueva narrativa sampedrana. (Editorial Nagg y Nell, 2011) y en Cuarta dimensión de la tarde. Antología de poetas hondureños y cubanos, poetas de Holguín (Cuba) y San Pedro Sula (Honduras), (Editorial Nagg y Nell, 2011). 

Reseña de Gustavo Campos sobre el libro Infinito cercano (2010)

Para leer más sobre la autora: Disentimientos

viernes, 21 de septiembre de 2012

Una visita. Felipe Rivera Burgos


Foto: Mario Giacomelli

Una visita


A la casa de Shariff llegaron cuatro hombres vestidos de negro. Una vez en su puerta se presentaron como hombres del Imperio que habían jurado lealtad al Rey. “Yo soy Abiatar” dijo el primero. “Yo soy ElizamKader” dijo el segundo. “Yo soy AjRamá” dijo el tercero. Pero el último no dijo nada.

Shariff los entró en su humilde vivienda y les acercó las viandas que él había preparado para su familia. “Tomaré estos dátiles”, dijo Abiatar, “porque en ellos has puesto la esperanza, en una fortuna que no mereces”. “Tomaré el asado de cordero”, dijo Elizam, “porque en balde has puesto tu esperanza en la sangre”. “Tomaré la garrafa de vino”, dijo AjRamá, “porque tu deleite ha llegado a su fin”. Pero el último no quiso nada.

Después, cuando hubieron comido y bebido, Shariff, con humildad y terror, inquirió el motivo de tan sublime visita. “Vengo por el cerdo que escondes en el baño”, dijo Abiatar, e inmediatamente lo sacó y lo ató y se marchó por donde vino.

“Vengo por tu hijo”, dijo ElizamKader, “porque ha llegado su hora de combatir en el ejército del Rey”; y se paró en el umbral hasta que el muchacho, delgado y pálido, salió de una habitación cargando un hato de ropa. El muchacho marchaba un metro detrás del hombre, que desapareció por donde vino.  
“Vengo por tu mujer”, dijo AjRamá, “porque es necesario que esté en el séquito de las tejedoras”, y Shariff vio marchar a su mujer, descalza y con la inconfundible mirada de la locura, detrás del hombre que desapareció por donde vino.

“Y tú”, dijo Shariff al borde de las lágrimas, “¿por qué vienes? De no ser mi pobre humanidad, ya no me queda nada que puedas llevarte”. Pero el último hombre no le contestó, y se refugió tras el biombo, y ahí está todavía, en la sombra más negra de la habitación.

Para callar los perros (2004).


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Felipe Rivera Burgos
Tela, Atlántida, Honduras, 1968. Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras. Miembro de número de la Real Academia de la Lengua Hondureña.
Productor y Editor de textos educativos y culturales.
Obra: Para callar los perros (cuentos, 2004), 
Ese verde esplendor (poesía, 2006). 

viernes, 23 de marzo de 2012

RING O esto no es una parábola, ¿o sí?


Ilustración: David Soto


RING O esto no es una parábola, ¿o sí?
Darío Cálix
(San Pedro Sula, 1988)
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En el cuarto oscuro hay un hombre, también hay muchas cucarachas y algunas ratas, pero sobre todo hay un hombre. El hombre, cuyo nombre dejó de importar hace mucho tiempo, es ciego y sordo. El hombre cieguisordo permanece sentado en un sillón viejo, quizás tan viejo como él, que está situado justo en medio del cuarto. El sillón es ahora de un color que recuerda a la mierda, pero en algún momento debió de ser amarillo o anaranjado u ocre… Es mierda el hombre sentado ahí, no tiene pelo, tiene tan arrugada la cara y en ella una barba gris enmarañada, por dios qué apesta, ¿hace cuánto no se baña…?
Al lado del sillón en el que permanece sentado el hombre hay una mesita. Lo único que hay encima de la mesita es un teléfono, de esos antiguos de campana. El hombre tiene su mano izquierda sobre el manófono del teléfo no fo no fon off…
RRRRRrriiing: El hombre contesta:
“Lo siento. Soy sordo”.
Y cuelga.
Quien mira al hombre ahí podría llegar a pensar que no se ha movido de ese lugar, de esa posición, en años, en siglos. Parece que este hombre no se levanta de ahí ni para cagaRRRRRRRRRRRRIIING: el hombre contesta:
“Lo siento. Soy sordo.”
Y cuelga.
La mano se queda ahí, sobre el teléfono. Siempre. La cara del hombre es la cara de un hombre muerto hasta que de pronto las vibraciones son percibidas por su mano huesuda y suben vía corrientes eléctricas hasta su cerebro y en sus agrietados labios casi que se puede llegar a notar una muy pero muy ligera sonRRRRRRiiing: el hombre contesta:
“Lo siento. Soy sordo.”
Y cuelga.
La mano de nuevo sobre el teléfono. La cara de nuevo es muerta. Quién llama al teléfono del hombre y/o por qué lo hace son el tipo de preguntas que nadie con el mínimo de corazón y alma debería de llegar a hacerse porque RRRRING: el hombre contesta:
“Lo siento. Soy sordo.”
Y cuelga.
Lo único cierto aquí es que lleva haciéndolo por mucho tiempo. Quizás más del que cualquier de nosotros pueda llegar a imaginar. Ésta es la vida de este hombre. Ésta ha sido su inquebrantable rutina hasta que se abre la puerta. En el cuarto oscuro hay una puerta, naturalmente, y se está abriendo. La puerta, que probablemente no ha sido abierta en mucho tiempo, rechina que es un espanto. Pero el hombre es sordo, ¿lo recuerdan?, así que no se inmuta hasta que de pronto alguien, debe ser otro hombre, da un paso dentro del cuarto. El suelo del cuarto es de madera y el hombre sabe distinguir la vibración que produce una hormiga de la de una pulga, ha estado sentado ahí tanto tiempo en silencio y a oscuras… En el silencio y la oscuridad más definitiva.
El hombre ha sentido el paso en el suelo de su cuarto y ahora su cara, antes muerta, resucita de horror. Se ha retorcido todo contra su sillón, como tratando de hundirse en él, fundirse, esconderse, camuflarse… La mano ya no está sobre el teléfono, ahora hace con la otra un esfuerzo ridículo por silenciar un grito que de todas formas ha nacido mudo…
Un hombre, indudablemente otro hombre, ha entrado al cuarto y entonces dice, de manera trémula:
“Soy ciego. ¿Hay alguien ahí?”
RING.


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Darío Cálix
(San Pedro Sula, Cortés, 1988) Estudia la Carrera de Letras en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Valle de Sula (UNAH-VS). Su obra ha aparecido en las siguientes antologías: Sociedad Anónima (Paíspoesible, 2007); Entre el parnaso y la maison. Muestra de la nueva narrativa de San Pedro Sula (Editorial Nagg y Nell, 2011); Cuarta dimensión de la tarde. Antología de poetas cubanos y hondureños (coedición Nagg y Nell y Ediciones La luz, 2011). Publicó la novela Poff (La hermandad de la uva, 2011) Colabora en la revista Tercer Mundo (2011). Miembro del grupo literario “La hermandad de la uva”. También fue uno de los fundadores del movimiento literario Poetas del Grado Cero.

El cuento apareció en el primer y único número de la Revista Tercer Mundo con un tiraje no mayor a los 20 ejemplares. 

jueves, 22 de diciembre de 2011

Viaje sentimental. Dennis Arita

Portada del libro Música del Desierto


Comienza con una mentira. Catalina empezó a mentir cuando la primera nota de Enrique, envuelta en un sobre de cartoncillo azul, llegó a la florería la tarde de un lunes. Sus compañeras de trabajo vieron la nota sobre el mostrador de vidrio esmerilado y al mensajero que estuvo de pie, esperando una propina que nadie le dio. El sobre se quedó allí, entre los pétalos triturados y el papelillo de colores, hasta después del almuerzo. Ella llegó, vio el sobre con su nombre y lo dejó en la caja donde las empleadas ponían sus meriendas. Sus compañeras se preguntaron cuál sería el nombre del remitente; dos de ellas aventuraron una descripción, que Catalina fingió no escuchar.

Desde que vio el sobre, Catalina comenzó a mentir. Su mentira aún no tenía la forma definitiva de una frase o un gesto; era sólo una vaga sensación, un presentimiento que tendría forma cuando abriera el sobre y viera el nombre de Enrique escrito en la nota, la caligrafía que a pesar del cuidado evidente de su ejecución no podía suavizar la brusquedad de sus ángulos ni la prisa de su escritura.

Cuando se encontró con Enrique en una cafetería del centro, la mentira era menos vaga que antes, pero a ella se le hizo difícil mentir de entrada. Aunque jamás había tenido que decir una mentira, la asombró darse cuenta de la facilidad con que podría hacerlo, pero decidió aplazar la prueba hasta un momento futuro, si algún momento del futuro le exigía realizar el proyecto que imaginó desde que vio a Enrique entrar en la cafetería. Durante esa primera cita, Catalina eludió cuidadosamente cualquier mención de su padre enfermo. Pensar en su padre le trajo, con amargura, el recuerdo del viaje a la farmacia, que había aplazado para encontrarse con Enrique en la cafetería. Casi no hablaron. Ella estuvo absorta en la creación de algún detalle circunstancial que justificara la historia que contaría en una cita futura, aún no sabía cuál; no habría podido adivinar lo que Enrique pensaba mientras mezclaba el café y el azúcar. La ayudaron el ruido y los transeúntes de la plaza, que a esa hora de la noche paseaban bajo el cielo nublado.

—¿Cuántas veces has ido a la florería? —preguntó.

—Muchas —dijo Enrique—, no sé cuántas, siempre en la mañana.

—¿Y no habías dicho que me andabas buscando?

—No.

—¿Por qué?

Enrique encendió un cigarrillo y le ofreció uno a Catalina. Fumaron sin verse, hablando para sus tazas de café ya frío. La conversación fue como un interrogatorio: ella hizo las preguntas que le parecieron necesarias, el rostro apenas disimulando el asombro, el cigarrillo quemándose entre dos dedos. Sin acabar de formularlo con palabras, Enrique entendió que ésa era la primera vez que Catalina tenía una cita o acaso la primera vez que aceptaba entrevistarse con un hombre.

—No sé. Por miedo.

—¿Miedo?

—Sí. No puedo explicarlo.

Catalina no quería explicaciones. Le bastaba suponer, adivinar, aunque eso le costara más.

Caminaron cuatro o cinco cuadras y Catalina se negó cuando Enrique propuso acompañarla hasta su casa. Inventó algo rápidamente, tratando de imponerse el recuerdo. Fue la primera mentira. Aceptó ser besada dos veces: una vez bajo una farola, sintiendo contra el flanco el roce del frío viento nocturno; otra, frente a su casa. En una de las ventanas, mientras Enrique le acariciaba el cuello y la besaba, contra la lámina de vidrio y la cortina, vio la sombra de su padre.

—Mi casa está lejos de acá —dijo, viendo de nuevo la sombra de su padre en el segundo piso—. Voy a tomar un taxi. Pero podemos caminar un poco más.

Tomó el taxi y lo dejó avanzar siete cuadras antes de decirle al conductor que se detuviera. Comenzaba a llover y Catalina, de pie frente a la vidriera de una farmacia, esperó veinte minutos y después caminó de regreso a su casa.

Su padre estaba sentado en el sillón de madera y tela, junto al gran radio antiguo. Estaba escuchando uno de sus interminables noticieros nocturnos. La miró entrar y cuando quiso levantarse ella hizo un gesto con la mano para indicarle que no se moviera.

—Voy a buscar una toalla.

Fue al dormitorio y regresó secándose el cabello negro, que le caía en ondas lustrosas hasta los hombros.

—Ya no hay medicina —dijo su padre sin reclamo en la voz; sólo estableció un hecho conocido. Por el tono de su voz y por su ausencia de gestos, era como si la falta de medicina fuera un hecho conocido por todos, no sólo por Catalina y por él. Ella se sentó frente a su padre.

—Disculpá —dijo, todavía secándose y viéndolo a los ojos—. Me agarró la tarde en el trabajo y no encontré ni una farmacia abierta.

—En la mañana todas estaban abiertas.

La irritaban las frases afirmativas de su padre. Hubiera preferido que dijera ¿Por qué no fuiste en la mañana? O En la mañana hubieras podido comprarlas.

—Mañana voy a comprarlas.

Su padre tosió, primero débilmente y después con fuerza; al final, su tos fue un estruendo que llenó la casa donde sólo un momento antes se imponía el silencio que a Catalina le gustaba sentir a su alrededor cuando regresaba del trabajo o de sus diligencias diarias. Ella se levantó, se acercó a su padre y le acarició el pelo. Vio las paredes de la sala. La asombró darse cuenta hasta ese momento de que en ellas no hubiera nada que delatara el pasado de su padre o de la familia, nada que demostrara su pertenencia a algo o a alguien: un paisaje de infancia del que ella o nadie pudiera decir Estuve aquí, un rostro en el que ella o nadie pudiera reconocerse. Rostros como anclas, como refugios en la tormenta.

El martes por la mañana, Catalina salió temprano después de preparar el almuerzo de su padre y dejarlo en el horno. Se despidió de él, hablándole como todas las mañanas a través de la puerta cerrada de su dormitorio, donde sin duda estaba sentado en la cama desde el amanecer, esperando el momento de la despedida para entrar en la sala, sentarse junto al radio y escuchar los noticieros matutinos. Mientras cocinaba, ella estuvo escuchando su tos lejana, odiando, reprochándose algo que ella se negaba a definir, odiando otra vez. Metió en su bolso dos frascos vacíos de la medicina de su padre. En la farmacia compró dos puñados de pequeñas píldoras inofensivas, muy parecidas a las que él tomaba, y las usó para llenar los dos frascos.

Aún le quedaban más de tres horas antes de presentarse en la florería y las agotó paseando por el centro. Pasó tres veces frente a la plaza sin encontrar lo que buscaba. Almorzó en una fonda frente a la plaza, vigilando a los paseantes —no a los que iban a sus trabajos con maletines y rostros preocupados ni a los estudiantes con mochilas o cartapacios de colores: esos no importaban—, comiendo lentamente y sin hambre, sin sentir el sabor de la comida ni prestar atención a los ruidosos clientes de la fonda.

Esta vez, en la florería no había nota. El sobre azul, que Catalina podría haber confundido con el del día anterior y que abrió hasta la hora del cierre, traía una tarjeta ilustrada, con una dirección anotada de prisa. Comenzaba a reconocer, entre tantas otras conocidas o presentidas, la caligrafía de Enrique. Como todos los días, intentó y logró que los ramos sencillos se complicaran después de hábiles mudanzas y arreglos. Mientras trabajaba y miraba por la ventana de la florería a una mujer que solía sentarse en la acera de enfrente acompañada por una caterva de perros hermosos y voraces, pensó que no había comenzado a mentir por necesidad, por hastío o por vergüenza, que la estaban obligando a mentir y que sus mentiras no tenían porqué; pensó, entonces, victoriosa y atónita, que sus mentiras no admitían la justicia ordinaria. De alguna manera la fastidiaba la sencillez de todo: el mundo es tan sencillo, que sólo tras múltiples giros puede adquirir el aspecto de lo verdadero. Lo sencillo no es real porque nadie lo advierte o lo entiende.

Cerraron las cortinas metálicas de la florería y ella se quedó de pie en la acera, contemplando bajo el ocaso a la mujer de los perros voraces. Se alejó rápidamente, con la mente en blanco, dio zancadas largas y elásticas sobre el pavimento y en algún momento comenzó a correr. Cuando llegó a la plaza encontró lo que buscaba desde el lunes. Estaba sudando y en un estado que ignoraba: feliz o tal vez cerca de la felicidad o de la dicha.

Sólo había hablado brevemente, una o dos veces, con el hombre y la mujer que estaban sentados, como casi todas las mañanas y las tardes, en la banca de la plaza. Catalina sospechaba que preferían aquella banca sobre todas las demás, aunque las demás estuvieran vacías; recordaba haberlos visto de pie junto a la banca predilecta, dignos, silenciosos, con sus trajes monótonos y perfectos, esperando que la desocupara un hombre que leía el periódico. Cuando el hombre se había levantado, vio a la pareja silenciosa y de alguna manera siniestra, dobló el periódico con lentitud y cuidado y se alejó viendo hacia atrás una o dos veces.

Sabía que el hombre y la mujer vivían juntos en un hospedaje en algún barrio tan silencioso como ellos y que los respaldaba, semejante a un título o un contrato, una época legendaria. Como muchos otros antes que ella, pensaba que esa época fastuosa estaba hecha de imágenes y frases fragmentarias recogidas en cualquier lugar, con tranquila desesperación. El milagro consistía en la obligación o en la costumbre de nunca olvidar los detalles, en hacerlos perdurar a pesar de las variaciones, las permutaciones y los sobresaltos del relato. Atravesó la calle, llegó a la plaza y se sentó en la banca predilecta junto a la mujer, que podía llamarse Alicia o Adriana, aunque su nombre no importa, ya que basta con saber que era la mujer de Suárez y así se llamará de ahora en adelante. La mujer de Suárez no aparentaba los cincuenta años que sin duda tenía. Suárez tenía sesenta y un años; de bigote gris cuidadosamente recortado, miraba a su alrededor con una mezcla de agonía y reproche. Suárez y su mujer vestían generalmente de gris o de blanco y se sentaban sin inclinarse, en una postura que sin duda debía ser dolorosa. Catalina habló con Suárez exagerando la descortesía. Ni siquiera saludó.

—¿Un trabajo? —preguntó Suárez.

—Sí —dijo Catalina—, un trabajo. El pago es bueno y no hay que molestarse tanto.

—Cada fin de mes nos llega el dinero de la pensión —dijo la mujer de Suárez—. No necesitamos más.

Suárez, el rostro inexpresivo, vio a su mujer sin reclamarle nada. En ese momento, después de contemplar la mirada de Suárez, Catalina supo que sólo él podía hacer el trabajo. Estaba fascinada por la salud de Suárez, que parecía un coloso capaz de aniquilar a un oponente con una mirada o, si era preciso, con un golpe. Suárez era capaz de todo; como todos los héroes, podía sobrellevar las aventuras de este mundo y del otro y salvar los obstáculos con una sonrisa en su hermoso perfil romano. Catalina no quería parecer demasiado ansiosa, porque sabía que eso podía contrariarlos o, peor aún, darles un dominio sobre ella que a la larga habría chocado con sus planes.

—Cierto —dijo Suárez, después de meditar un rato—, pero siempre hay gastos que uno no espera —volvió a ver a su mujer, que estaba inmóvil y abstraída—. ¿Cuánto dice que puedo ganar por ese trabajo?

—¿No le interesa saber qué tiene que hacer para ganarse el dinero? —preguntó Catalina y casi de inmediato se insultó por preguntar demasiado. Después le pareció mejor conservar la naturalidad de sus preguntas, pero sólo hasta cierto punto; lo que menos deseaba era exagerar—. Creía que eso es más importante.

La mujer de Suárez vio a Catalina con su invariable expresión abstraída y fría. Sin acabar de explicárselo, a Catalina la emocionaba la frialdad de la mujer de Suárez.

—Espero que no sea un trabajo indigno ni que él tenga que estar mucho tiempo lejos —dijo la mujer de Suárez—. No quiero que le pase nada malo.

Fue fácil averiguar que el dinero de la pensión de los Suárez no bastaba para pagar la renta y que a veces Suárez debía oficiar como testaferro de oscuros abogados para conseguir dinero. Por lo demás, comían poco o casi nada y habían llegado a convertir su dieta en un hábito tan riguroso que solían escandalizarse cuando podían comprar dos platos de comida en un restaurante y el mesero les servía demasiado. “¿Podría ser tan amable de reducir el tamaño de mi comida?”, preguntaba Suárez, viendo el plato y al mesero con la mirada que dedicaba a los animales —que odiaba— y a la pelusa bajo las camas, y añadía: “Un hombre no puede comer tanto”. No decía No debe porque cuando formaba su frase estaba precisamente pensando en el deber y no en su habilidad, casi olvidada, de aniquilar plato tras plato. “Cómo han cambiado las costumbres”, decía la mujer de Suárez, viendo con algo parecido a la melancolía cómo su plato se alejaba para volver sensiblemente reducido.

Los Suárez aceptaron una invitación a cenar y después recibieron a Catalina en el hospedaje donde vivían. El hospedaje tenía cuatro inquilinos: los Suárez, un abogado y un artista que sólo salía de noche. El apartamento de los Suárez era limpio y ordenado, pero a Catalina le desagradó que en las paredes hubiera pocos cuadros o diplomas. Suárez excusó la desnudez de las paredes; interrumpido a veces por la actividad febril de Catalina, revisó sus baúles y, desganado, hermoso y saludable, fue sacando antiguos títulos y, para sorpresa de su mujer, litografías: dos paisajes de Corot y tres Canalettos desfigurados por el tiempo.

Catalina, jadeante y cubierta de polvo y telarañas, buscó martillo y clavos y colgó los hallazgos en las paredes, mientras Suárez descansaba en el sillón de cuero falso. Cerraron el trato: ella pagaría sus deudas y les pasaría puntualmente una cantidad mensual, que podría servir para sacarlos de problemas; si todo iba bien, podrían vivir más o menos tranquilos durante un tiempo bastante largo. Escribió sus instrucciones en una libreta de tapas azules, para escolares, que le entregó a Suárez.

—Una cosa —dijo antes de irse.

—¿Sí? —preguntó Suárez.

—¿Dejan tener perros en este lugar?

—¿Perros? —Suárez vio a su mujer, que estaba tan perpleja como él—. No estoy seguro. Lo voy a averiguar.

Catalina regresó a su casa a las nueve en punto y antes de entrar estuvo de pie en la acera, viendo la sombra de su padre en la ventana. Bajo el cielo y las nubes de octubre, imaginó y fijó las cinco o seis circunstancias que, desde ese martes, pasarían a formar parte de su vida. No pensó en rostros o en nombres: le bastaban las circunstancias. En contra de sus primeras convicciones decidió que era mejor que todo fuera sencillo; desechó las complicaciones que le podía traer el exceso de minucias y optó por anotar mentalmente los detalles más importantes.

Su padre no hizo preguntas: ella le puso en las manos las tres pastillas inocuas y el vaso de agua y fue a la cocina para no verlo tragar y para hacer la cena. Esa noche, mientras escribía una nota para Enrique, no escuchó la tos pesada de su padre.

En los cuatro días siguientes perfeccionó el plan y previno los azares, pero sabía que no podría anticiparlos todos. En la florería encontró la tercera nota de Enrique, esta vez escrita en papel corriente, siempre dentro del sobre de cartoncillo azul. La caligrafía había mejorado: menos ardua, menos angulosa que al comienzo. Catalina no podría haber comprendido que el cuidado de la escritura se debía a la creciente perturbación de Enrique ni que la perturbación se debía a la duda. Se encontraron la tarde del miércoles, comieron, hablaron poco, como siempre, y Catalina se sintió por un momento lejos del muchacho delgado y bien parecido, de sus ademanes cuidadosamente elegidos. Enrique explicó la brusquedad de su nota, su violencia reprimida, su decepción incierta, y ella escuchó y encontró, por un azar feliz, algunas frases de sentido común que a Enrique le parecieron sabias.

Ella insinuó que ya habría tiempo para visitar a sus tíos, con los que vivía desde la muerte de su padre, y Enrique estuvo de acuerdo, aunque todavía no sabía muy bien qué debía conceder y cuándo debía hacerlo. Dejó de importarle cuando la acarició frente a su casa, mientras ella veía contra la ventana la sombra del padre que Enrique no conocería jamás. Cuando se despidieron, Catalina dio al taxista la dirección de los Suárez, pero no entró en el hospedaje: sólo quería acostumbrarse a la idea de viajar hasta allí o acaso imaginar, desde la acera del frente, los sucesos posibles o ciertos cuando por fin aceptara que Enrique la acompañara a visitar a sus tíos. Esa noche tampoco escuchó la tos de su padre.

El jueves encontró el cuarto mensaje de Enrique y lo guardó en su bolso. En la florería nadie había hecho ningún comentario sobre los mensajes ni sobre el comportamiento de Catalina; a ella le parecía mejor que las cosas siguieran su curso habitual y trató de imaginar la normalidad de sus actos mientras sus compañeras la veían atravesar la calle, en algún momento de la tarde, acercarse a la mujer de los perros, hablar con ella bajo el sol y entre los peatones y regresar con un chucho atado a una traílla de metal.

Era un perro pequeño, de ojos grandes y claros. Había un traspatio cubierto donde los obreros dejaban brazadas de flores entre los canteros húmedos y el olor a pétalos marchitos. Catalina ató al perro a un poste del traspatio y toda esa tarde las mujeres se turnaron para acariciarlo, darle nombres y atiborrarlo con la mitad de sus almuerzos. Esa noche, como el martes, no hubo encuentro con Enrique.

Los Suárez recibieron al perro con apatía; Suárez dijo que sería difícil mantenerlo en un lugar que ya era demasiado reducido para él y su mujer. Se quejó durante media hora, sentado en el sillón, mientras el perro, ya sin traílla, se le subía al regazo y le lamía la cara; la mujer de Suárez no estaba menos escandalizada que su marido, pero logró imponer una tregua vacilante recurriendo al café y los pasteles que Catalina había traído. Catalina hizo que Suárez buscara la libreta de tapas azules y escribió en ella nuevas instrucciones. Eran breves, como las primeras. Suárez las leyó en voz alta y su mujer, de pie junto al sillón, las repitió y cabeceó para aprobarlas.

El viernes y el sábado hubo encuentros con Enrique, que fue por turnos melancólico y alegre. El sábado, Catalina dijo que sí; su padre cenó poco, tomó las pastillas, se quejó de un vago dolor en una parte del cuerpo que no fue capaz de nombrar y pasó la noche tosiendo como nunca. Acostada en su cuarto, ella se tapó los oídos. No durmió en toda la noche.

El domingo por la mañana entró en la sala y vio a su padre. Si alguien le hubiera pedido describir la salud o la dicha, sólo habría tenido que mostrar la imagen de su padre. De pie, blanco y sonriente, él hizo un par de bromas infantiles sobre el vestido de Catalina, se rio a carcajadas, tapándose la boca con la mano, y mostró una vergüenza también infantil cuando ella vio el desayuno listo sobre la mesa del comedor y las cortinas descorridas. La había cegado la luz que entraba por las ventanas y resplandecía sobre los vasos y los platos. Intentó reprocharle su descuido y él se disculpó sin esforzarse demasiado, tratando de explicar, sin lograrlo, su salud repentina y extravagante. Se había afeitado y lavado escrupulosamente; se había puesto los zapatos de calle, limpios y pulidos. Después del desayuno sacó un cigarrillo del bolso de Catalina y fumó sin advertir las miradas reprobatorias y aturdidas de su hija.

—Me siento bien —dijo—. ¿Puedo pasar hoy por la florería? Podemos ir a comer algo al centro ¿te parece?

—No —dijo Catalina, que no había tocado su plato—. Hoy no podemos.

—¿Por qué?

Su padre era tan inquisitivo como ella. Terminó de fumar, se sirvió más café, le puso seis cucharadas de azúcar, lo revolvió, tomó un tenedor y comenzó a comer del plato de Catalina.

—¿Mañana entonces?

—Sí, mañana. Tengo que irme.

Todo lo demás no importa. Éste es el verdadero comienzo. Catalina se encontró en la tarde con Enrique en un café del centro y él percibió, sin comprender del todo o negándose a comprender, que Catalina estaba preocupada y absorta. Como otros antes que él, prefirió no hacer preguntas; en contra de la costumbre, ella tampoco las hizo.

Suárez, mejor vestido que antes con la ropa que Catalina le había comprado, recibió a Enrique sin efusiones inútiles que a ella le hubieran desagradado. La imaginación de Suárez se reducía espléndidamente a los hechos y frases de su época prodigiosa; Enrique no encontró faltas, comió y admiró las paredes. Lo distrajo el perro, que llegó a resoplar contra sus piernas. De pronto, sin asombro, descubrió que no era feliz.

Siguieron hablando en la sala; la mujer de Suárez trajo bocadillos y una jarra de refresco. Fumaron mientras el perro sin nombre daba vueltas alrededor de la mesa y mordía el cuero del sofá.

—¿Quién trajo al perro? —preguntó Enrique.

Suárez vio a Catalina y luego a su mujer, de pie junto al sillón.

—Yo —dijo—. Mi sobrina no quiso al principio, pero es bueno tener un animal en la casa, aunque acá me he echado encima a los vecinos.

—Es bonito.

—¿Verdad que sí? —dijo Suárez, acariciando la cabeza y el lomo del chucho. Todos vieron al perro, que gruñó y mordió la mano de Suárez. Nadie sabía que ya tenía dientes porque nadie se había preocupado de averiguarlo. Suárez gritó, maldijo entre dientes y dio una manotada al aire que asustó al animal. El perro gimió y corrió para ocultarse debajo del sofá. Había gotas de sangre en el piso y en el pantalón de Suárez. Tres gotas se agrandaron y secaron en la rodilla de Enrique. Suárez se puso de pie. De golpe Enrique sintió que todo era irreal, como si las luces de la pequeña sala irradiaran una blancura cegadora. Suárez se vio la mano que por alguna magia se había vuelto transparente, fue capaz de ver a través de ella como si fuera de vidrio, pero por la expresión en su rostro parecía estar viendo a través de su mano un monstruo agazapado en un rincón de la pequeña sala. Suárez dio cuatro pasos con una lentitud lastimosa, sin dejar de verse la mano sangrante, volcó al pasar la mesita y cayó de frente, como una torre. Nadie se había movido.

Enrique se puso de pie. Todos se quedaron quietos, observando a Suárez bocabajo en el piso, entre los trozos de vidrio. El único signo de vida de Suárez era su respiración tranquila y pausada. Después hubo un movimiento general: Enrique y la mujer de Suárez se acercaron al cuerpo y lo levantaron y Catalina entró en la cocina, fue hasta el fregadero, abrió el grifo, se lavó la cara y puso las manos bajo el chorro de agua fría.

Suárez tardó mucho en recobrar el conocimiento. Enrique le dio palmadas en el rostro y la mujer de Suárez fue a la cocina a traer un vaso de agua. Cuando entró, vio a Catalina inmóvil como una efigie de cera, las manos en el agua jabonosa. La mujer de Suárez le tocó el cabello húmedo y la frente y, cuando entendió, se alejó de ella y la contempló un rato largo. Desde la cocina llegaban las palabras de Enrique, ¿Se siente mejor ahora?, ahogadas por los truenos y el rumor de la lluvia que había comenzado a caer. La mujer de Suárez llenó un vaso y volvió a la sala, donde su esposo, tendido en el sofá, se quejaba en voz baja. Enrique estaba de rodillas, cubriendo con una manta el pecho de Suárez. La mano herida estaba cubierta con una venda manchada de rojo, apoyada en el brazo de sofá. La mujer de Suárez se acercó lentamente, caminando sobre las puntas de los pies.

—¿Cómo está ?—dijo.

—Mejor —respondió Enrique—. Creo que se hirió cuando quiso apartar la mano del hocico del perro.

Enrique tomó el vaso que le dio la mujer, puso una mano bajo la cabeza de Suárez, se la levantó y le dio de beber. Suárez sorbió mientras miraba a su mujer con gratitud.

—Le hubiéramos dicho a ella que no trajera al perro —dijo la mujer. Se quedó callada, con cara de niña que acaba de cometer una travesura, cuando Enrique la miró y luego dijo—: ¿No sería bueno darle algo de caldo? Quedó algo en la cocina. Lo traigo.

—No —dijo Enrique—. No creo que sea para tanto. Que se acueste y se quede ahí. Creo que tiene sueño y está débil. Sí: que se acueste.

Suárez cerró los ojos. Parecía dormir.

Catalina salió de la cocina y vio a las tres personas que sin duda, entre todas las personas del mundo, debían merecer más su amor o su desprecio, pero en lugar de aborrecer o amar, sintió un horror que al comienzo fue inexplicable. Cuando al fin pudo explicarlo, fue más horroroso que todos los horrores que su vida breve y absorta le había permitido conocer o imaginar. Suárez dormía o fingía dormir y su mujer, inclinada sobre el sofá, le peinaba el hermoso cabello canoso y le acariciaba el rostro. Enrique recogió los trozos de vidrio y pan en una bolsa de papel de estraza y después limpió el refresco derramado con un trozo de franela verde.

El perro había salido de su escondite. Estaba sentado, moviendo su cola recortada, con la lengua húmeda colgándole del hocico, mientras movía los ojos alegres y la loca cabeza sonriente. En algún momento se acercó sigiloso al sofá y olió la mano herida de Suárez, que la había dejado colgar hasta el suelo. El perro lamió un dedo, luego dos y al final la venda enrojecida. Suárez abrió los ojos e intentó decir algo. Su mujer vio los ojos de Suárez y después al perro que comenzaba a desgarrar a venda; gritó algo incomprensible y saltó hacia delante. El perro vio a la mujer altísima y amenazante y retrocedió y volvió a derribar la mesa.

Catalina tuvo un impulso, quizá el primero de su vida. Aunque todo ocurrió en un instante, fue capaz de entender y la comprensión le llegó como un relámpago. Se atravesó entre el perro y la mujer y en ese momento supo que Suárez, su mujer y Enrique no eran parte de su sueño: eran su sueño, como las armazones de flores, hojas, ramas, alambres y papeles, como sus manos desapareciendo lentamente sobre los ramos que se armaban y desarmaban entre el arabesco de pétalos azules, rojos, amarillos y blancos.

—No lo toque, es mío —dijo sin alzar la voz, sin ver a la mujer, sin ver a nadie, como si hablara con el aire.

Recogió al perro y lo acunó contra su pecho. El chucho comenzó a jadear y a gemir sin debatirse. Nadie dijo nada cuando Catalina salió de la casa.

Afuera había caído una lluvia rápida. El asfalto bajo sus pies resplandecía y reflejaba la luna que desaparecía y volvía a aparecer entre nubes negras. Esperó un rato en la calle con el perro en brazos y no vio a nadie salir de la casa de los Suárez. Fue caminando hasta su casa sin detenerse una sola vez para descansar. Cuando llegó, se quedó junto al portón de hierro y entonces se fijó por primera vez en las flores silvestres que crecían en los arriates descuidados de ladrillo enlucido, verdosos de lluvia antigua. Bajo la luna, las flores tenían el mismo color sepia y, trémulas bajo la brisa nocturna, sólo pudo distinguirlas por sus formas, por sus tallos más o menos largos, imperiosos y elevados sobre la maleza brillante. Vio la ventana de su casa. La luz estaba apagada. Apretó al perro contra su pecho y sintió la lengua cálida sobre el rostro húmedo. Cerró los ojos para que esa sensación pudiera perdurar hasta el momento en que tuviera que abrirlos y ver nuevamente la ventana oscura.




Música del desierto (2011)

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Dennis Arita

(La Lima, Cortés, 1969)

Es narrador y ensayista. Por su interés en la narrativa y el cine, hacia 1990 entró en contacto con otros lectores y escritores que formaron el Grupo Arlequín.

De 1995 hasta el año 2000 trabajó en la promoción literaria haciendo traducciones del inglés al español y escribiendo reseñas de libros que luego se publicaban en la sección cultural del Grupo Arlequín en Diario La Prensa.

Sus cuentos y ensayos han sido publicados en diarios, revistas y catálogos de arte en Honduras.

En el 2008 publicó su primer libro de cuentos Final de invierno.

Ha sido antologado en Entre en parnaso y la maison. Muestra de la nueva narrativa sampedrana (Editorial Nagg y Nell, 2011).