jueves, 24 de diciembre de 2015
Tres cuentistas hondureños nacidos después de 1970: Jessica Sánchez, Kalton Bruhl y Gustavo Campos
Honduras en alemán por EDITORIAL UNIONSVERLAG (Zurich, Suiza).
Narradores: Jessica Sánchez, Kalton Harold Bruhl y Gustavo Campos.
e-Book: EUR 2.99
Aus dem Spanischen von Stephanie von Harrach, Willi Zurbrüggen, Elisabeth Müller.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Apuntes sobre Las virtudes de Onán, de Mario Gallardo.
Carátula de la segunda edición.
Estos apuntes -o ensayo- es parte de una serie de lecturas, relecturas, reflexiones y estudios sobre las nuevas publicaciones narrativas producidas en la costa norte de Honduras. Mi interés por desentrañar estas obras comenzó por la falta de estudios sobre la narrativa actual -salvo dos o tres críticos se han interesado en esta generación: Sara Rolla, Hernán Antonio Bermúdez y Helen Umaña-. También a raíz de una conferencia que impartí en el Centro de Arte y Cultura de la UNAH titulada "En búsqueda del gran discuso, la otra Honduras" y de una muestra de narrativa de la costa que Editorial Nagg y Nell publicó en el 2011 y que tuvo por nombre Entre el parnaso y la maison, proyecto que me vi obligado a concretar para reunir en él los nombres relevantes que ahora destacan en la actualidad. Asimismo he emprendido la labor de elaborar una antología del cuento hondureño, desde otras perspectivas, tratando de ahilar esas ideas ya expuestas en la conferencia. Lo que a continuación sigue es parte del estudio "Entre
la narrativa de escepticismo y el principio del interés", cuya introducción la publicaré posteriormente, pero aquí les dejo apuntes sobre el libro Las virtudes de Onán (2007; 2015) en relación a otros libros de la época:
Apuntes sobre Las virtudes de Onán
Algunas de
las características relevantes en Las
virtudes de Onán son las siguientes: energía
y dinamismo, divididas en especies de oleadas impetuosas en sus
comienzos
que arrollan y arrastran al lector en cada capítulo del relato. Este
apunte es importantísimo porque Gallardo sigue la premisa de Calvino
sobre el convencimiento de la inutilidad de los preámbulos. De allí
la regla aprendida y puesta en práctica –como préstamo literario
sin alusión directa, a lo Antoine de La Sale– de comenzar cada
capítulo del relato que titula el libro con una fórmula ya antes
prestablecida. Cito únicamente tres casos: Primera, en el capítulo
1: “Llámenme
Onán, le dijo a la pandilla de don Gato”,
frase proveniente de Moby Dick de Henry Melville (“Call
me Ishmael”
–Llamadme Ihsmael–), la que la aleja de ser una
frase al azar, sino todo lo contrario, el convencimiento, vía
lecturas, de la inutilidad de los preámbulos en la escritura, cuya
fundamental categoría literaria, según Cunningham, es la autoridad.
Fórmula clásica como punto alto literario para crear expectación
desde su inicio. Segunda, en el capítulo 2: “¿Encontraría
a Onán? Tantas veces le había bastado con asomarse a la entrada de
“El Calabozo”, acostumbrarse a la oscuridad y al humo de los
cigarrillos que volvía pardos a todos los gatos, para después
reconocer la flaca figura que se recortaba en la esquina de la
barra”, de
Rayuela de Julio Cortázar (“¿Encontraría
a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la
rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de
ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguirlas
formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a
veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de
hierro, inclinada sobre el agua”).
Tercera, en el capítulo 4: “Showtime!
Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches damas y
caballeros, tengan todos ustedes. Goodevening, ladies &
gentlemen. “Lady Fashion”, el cabaret más fabuloso de esta
ciudad y sus alrededores les da la bienvenida a un evento único,
propio sólo de las grandes urbes mundiales. Porque señoras y
señores, ladies and gentlemen, hoy serán testigos de un acto sin
precedentes en la farándula nacional: el primer “Miss Honduras
Tercer Sexo Belleza Nacional”,
de Tres tristes
tigres de
Guillermo Cabrera Infante. (“Showtime!
Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y
caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies &
gentlemen. Tropicana, el cabaret más fabuloso del
mundo…”).
Todas fórmulas clásicas como puntos
altos de la literatura para evitar que la trama decaiga en su
narración. Es quizás esta la razón por la cual sobre cada lectura
de los capítulos del relato “Las virtudes de Onán” sentimos y
reconocemos siempre esa sensación extraña que nos va impulsando a
continuar con la lectura. Ya antes en Antoine de
La Sale y Savinio encontramos precedentes. Tampoco se trata de
recrear aquella vieja competencia literaria del siglo II a. C. que se
organizó en Egipto donde uno de los jueces era Aristófanes y
sugirió que el poeta a premiar había sido quien declamó los peores
versos, habiendo descubierto de antemano el filósofo griego que los
demás poetas habían recitado versos de otros autores, sin importar
su causa: influencia, parodia o paráfrasis. ¿Hurto literario o
préstamo intertextual como estrategia o recurso estilístico para
establecer correlaciones con quienes adeuda literariamente? O quizás
nada más el uso –e intento– de etiquetarse bajo el término
“posmoderno” como una intervención de un juego interminable de
citas o alusiones en búsqueda del perfil intelectual de un “lector
modelo” que como Eco o Barthes o Kristeva sea capaz de “considerar,
mirar, ver, encontrar parentescos y semejanzas” en Las
virtudes de Onán. No es extraño que todo el
libro esté plagado de ese recurso, a distintos niveles, tanto
literario, cultural antropológico, e interdiscursivo. La
interrogante aquí entonces no corresponde sobre juzgar su método
compositivo sino replantearse si logra su cometido. Recuérdese
también que el autor del libro es también un lector y además de
“lector modelo”, en el amplio juego que lo maneja Eco, es además
profesor universitario de Literatura, heredero, quiérase o no, de la
literatura moderna, que, como señala Calvino, es en “la que los
escritores se sienten autorizados a aislar la historia que deciden
narrar del conjunto de lo narrable”, y que a juicio de Kristeva –O
Derrida–, está llena de huellas mnésicas
ahora tan comunes y ampliamente difundidas, como decir que en el
siglo XIV encontramos a Antoine de La Sale, y a Francesco Petrarca un
poco antes, y en similar operación de reescritura que Enrique
Vila-Matas de La Sale atribuye a Saintré buena parte de la obra de
Boucicault, como el mismo Vila-Matas atribuye frases de autoría
propia o desconocida a otros escritores evocados o personificados en
sus novelas en un mismo proceso que bien pudo influir Jorge Luis
Borges y Bioy Casares sino tuviéramos por conocimiento a Joyce,
Pound, Laurence Sterne, Miguel de Cervantes, Ovidio o Cavafis, por
mencionar algunos. Helen Umaña y Hernán Antonio Bermúdez ya antes
habían hecho mención sobre los guiños u homenajes literarios en
Las virtudes de Onán.
La primera se refiere a la intención de Gallardo de “poner a la
literatura hondureña con el pulso del mundo: Roberto Bolaño,
Ricardo Piglia, Enrique Vila-Matas, Rodrigo Rey Rosa, Eduardo
Halfon…”, y que “como cuestión generacional, la condición
posmoderna ha permeado en su sentir y lo ha dotado de una visión
acre del entorno vital”. En cambio, el segundo, un poco más
acertado en lo que se refiere a citas, guiños y homenajes, nos dice
que Gallardo está resuelto a “marcar” su territorio: “Las
virtudes de Onán está poblada de guiños a
novelas como Tres tristes tigres,
de homenajes literarios (a Cortázar y a otros conspicuos miembros
del “boom”), de referencias musicales, roqueras, de alusiones al
cine, de descalificaciones e improperios.” Tampoco
debe olvidarse que Bermúdez también ha mencionado a Horacio
Castellanos Moya como un probable antecesor. Pero entre ambos
juicios, es innegable la presencia o huella de Bataille, Cortázar,
Cabrera Infante, Bolaño, Vila-Matas, Castellanos Moya, entre otros,
en su libro.
A grosso
modo, cito algunos apuntes sobre Las virtudes
de Onán: Desde el inicio hay un diálogo de
Las virtudes de Onán
con la obra precedente Moby Dick
de Melville. Encuentra eficazmente simetría musical en su enunciado.
Así como “call me ishmael”,
logra traducirse ese efecto imponente en español: “Llámenme
Onán”. Las palabras agudas se caracterizan por ser enfáticas y
poseedoras de fuerza. Luego lo que le sigue: “le dijo un día a la
pandilla de Don Gato” (teleserie de los años 70´s de gatos
vagabundos). “Le dijo un día a la pandilla” fónicamente suena
muy bien en su balance rítmico: “día y pandilla” riman. Un
punto importante a traer a colación es la música o ritmo que rige
toda la estructura del relato, la cual desmiente la acusación de que
carece de validez “estética y moral” puesto que una sinfonía
siempre es engendrada por un grado de espiritualidad importante en el
creador como elemento indispensable en las artes. También vale
puntuar que en su narrativa persisten arquetipos de antihéroe
(héroes contrapuestos a mártires), lo cual humaniza y le da mayor
“carnalidad” al texto.
Hay
preocupaciones
metafísicas, sin proponerlo; hay una recurrencia con el tema de la
obsesión
del voyeur
en varios de sus cuentos; desdobles de personajes y narradores, como
en el caso del doble de Freddy Mercury y Onán; la costa norte como
una unidad espacial; oleada desmitificadora de los creadores de la
costa norte: desmitificación de la religión, desmitificación del
concepto de héroe en la década de los desaparecidos o militancias
ideológicas, y un zoom
y muestra de la violencia que corroe la sociedad, también presente
en El mundo es un
puñado de polvo,
Ficción hereje
para lectores castos,
Música del
desierto, Infinito cercano,
Los inacabados,
Katastrophé;
hay una importante mención por su valentía de destape de cloacas
corruptas de personajes mediáticos, que influyen en una masa lectora
de periódicos. Esto puede leerse de dos formas: una como un
desenmascaramiento de personas reales a la manera de Petronio o del
Marqués de Sade, y dos como lectura desvinculada y desprejuiciada de
los vicios humanos de aquellas personas que se visten bajo la máscara
de la virtud, esta última uno de los temas importantes o quizás el
eje de construcción de la historia en el libro –por ello el título
Las virtudes…–y
deconstrucción de los personajes en su engranaje social. También en
Ficción hereje
para lectores castos
ocurre algo similar pero en el plano religioso y moral. Vale también
agregar la obsesión de periodista del personaje Onán que recorta
las noticias de desaparecidos y elabora un mural con ellos,
siguiéndole la pista, por lo menos informativa, a las crueldades
cometidas por “la bestia”, que bien pudo ser Álvarez Martínez,
aunque nunca lo mencione en el libro, asimismo, hay una conexión
desde el plano virtual o imaginativo entre el mural y la “bestia”,
funciona como un indicio de “reencuentro” en un plano real
(piénsese en premonición); abandono o autoexilio del ethos del
hogar y ethos comunitario (C.S. Lewis), en “Y tu mamá también”,
“Las virtudes de Onán” y “Noche de Samba Bárbara”; aversión
implícita hacia la concepción y reproducción de la humanidad, caso
de Onán con Thamar (Ixkik) y del joven personaje de “Y tu mamá
también”–deseo que puede encontrar un referente en el Dolmance
de Sade–, donde también podría rastrearse una supuesta culpa
“histórica” o “mítica” con Ixkik, que puede conectarse con
Thamar, también violada por su hermano Amnón al igual que Ixkik fue
concebida por los enemigos del inframundo en el Popol Vuh. Pero
además de ese puente intercultural entre la mitología hebrea y la
maya, hay destellos de ternura y afecto y cierta seducción por la
muerte, o al menos por su manera de comprenderlo y exponerlo en el
libro. Por la procreación o la sexualidad han sido desterrados
muchos personajes mitológicos, desde los hebreos Adán y Eva,
inclusive la misma princesa maya Ixkik que fue expulsada debido a la
traición cometida. Este aspecto es importante a la hora de tratar de
interpretar el texto o trasfondo que recorre todo ese submundo
entretejido de parte del “portavoz ficticio” o del “texto
narrativo”, teniendo siempre en cuenta que como aclara Mieke Bal:
“una interpretación no es nunca más que una propuesta”, y
precisamente a lo que me he dedicado en este escrito es a fin de
crear una propuesta de interpretación o de lectura, para ser
comentada, tanto en mis yerros como en mis aciertos.
Pero aún me
quedan dos curiosidades por comprender: la primera si
al final la nota al pie de página del último relato, “El discreto
encanto de la H”, logra su efecto o la intención del autor, si
hubo conducción apropiada a crear la ambigüedad con la que concluye
el libro. Encontramos ejemplos de este tipo en Caillois quien, por
cierto,
no teme las contradicciones, según Todorov.
La
segunda sobre una probable incongruencia en el cuento “Para las
verdades, el tiempo”, sobre la edad del príapico personaje. En una
parte se menciona 33 y en otra 38 años.
También
vale acotar, que en “Por fin, la noche sampedrana”, H. A.
Bermúdez descubre en Gallardo la cualidad del flanèur,
que según Walter Benjamín lo describe como una especie de
“topógrafo urbano capaz de descifrar en todos sus aspectos a la
ciudad”. También vemos similar cualidad en el registro de la costa
norte en Ficción
hereje para lectores castos.
Para cerrar,
cabe destacar que en todas las reseñas,
artículos o ensayos escritos por H. A. Bermúdez sobre algunos de
los nuevos narradores de la costa norte –Giovanni Rodríguez, Mario
Gallardo, Dennis Arita, Gustavo Campos–, ha dejado constancia que
uno de los elementos afines al grupo es el erotismo y cierta
“rapacidad sexual”,
“como pocas veces se ha visto en la
narrativa hondureña”. Concluyendo “y
es que así labora la historia literaria: cada generación subsana
los vacíos de sus antecesores, cada generación –así como cada
escritor individual- formula sus propias demandas a la literatura, y
posee sus propios apremios expresivos.”
Gustavo Campos, 2014.
jueves, 9 de octubre de 2014
El estilo digresivo y la parodia como intertextualidad en Ficción Hereje...
Se venía el año 2009 y con él la edición de Ficción hereje para lectores castos de Giovanni Rodríguez. El equipo mimalapalabra estaba preparado: desde Canadá Felipe Bello elabora la portada y se la remite a Giovanni, quien a su vez nos la reenvía; mientras yo me dedico a la diagramación del interior de la novela, Carlos se dedica a la promoción del libro y junto a Ricardo Tomé nos aventuramos en la elaboración de breves videítos divertidos sobre los ambientes claves donde se desarrolla la novela. Junto al ferrocarril le hacemos una entrevista a Carlos Rodríguez y él niega rotundamente haber sido miembro de una banda hereje. Ricardo Tomé da saltitos en una especie de secreta danza cerca del Museo de Antropología. Los preparativos culminan, la expectación crece, y hacemos una primera presentación on-line en el bar de Ricardo, el viejo Klein Bohemia, con un Giovanni trasnochado -en ese entonces vivía en España y los horarios eran casi opuestos-. Días después se vendría la presentación oficial un par de días antes del Golpe de Estado. Los primeros títulos de mimalapalabra editores: Corral de locos -poesía- de Muvin Andino y Ficción hereje... -novela- de Giovanni Rodríguez. Una edición muy cuidada, a cargo de Litografía Iberoamericana, del finado Poeta Óscar Acosta. No está de más mencionar quien estuvo a cargo del diseño de exterior fue Bayron Benitez. Claro, yo me adjudico la genial idea de haber elaborado el logo de la editorial y cómo debían ir las colecciones y es Benitez quien luego lo retoma y estiliza en los libros siguientes, como podrán observarlo en cualquier otro libro de la colección. Hernán Antonio Bermúdez prologa el libro y hace una muy buena reflexión sobre el libro, sus historias, el equilibrio entre los personajes, y hace ya una mención del grupo, generacionalmente hablando.
El
presente es un ensayo-artículo que viene a sumarse a los otros ya
esgrimidos. Algo tarde, pero con paso firme, procurando desarmar la
novela y encontrar los mecanismos a los cuales recurre el autor para el
entramado de su primera novela. También corresponde a una serie de
ensayos ("estudio") que he venido haciendo de los libros publicados por
nuestra generación, que incluyen también a la predecesora, Gallardo y
Arita, en otras palabras, los autores que publicaron y pertenecen a esa
primera idea concretada en Entre el parnaso y la maisón. Otros autores que entran son: Jessica Sánchez, Mario Gallardo, Dennis Arita, Jorge Martínez y Darío
Cálix, y, por supuesto, yo, Gustavo Campos. Esta intención de estudio
de autores de la costa norte deriva de una conferencia que impartí en el
Centro de Arte y Cultura de la UNAH y que tenía por título "En búsqueda
del gran discurso, la otra Honduras" y que aún existe y prologa un
proyecto de antología de la otra vértebra de la literatura hondureña, o
por lo menos la que debíamos haber buscado o asumido, suponiendo que
ningún escritor hondureño es heredero de otro escritor hondureño y que
aquí todos nacimos huérfanos, alimentándonos de autores con los cuales
tenemos afinidades, siempre yendo a la fuente original, al pozo
original, a extraer esa primera huella, si es que hubo una primera
huella, como lo hicieron los narradores hondureños que nos precedieron y
es con los que coincidimos con los que compartimos esa noción propia y
reinventada y reelaborada de literatura. Luego publicaré los demás,
mientras, he aquí mi aporte sobre
Ficción Hereje para lectores castos:
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El estilo digresivo y la parodia como intertextualidad en Ficción Hereje
El
estilo narrativo de Vila-Matas está presente en Ficción
hereje para lectores castos, pero con un
evidente sedimento cervantino o baudeleriano –éste último
únicamente en su prólogo, aunque el tema de la herejía y la maldad
podría emparentarlo bien, narrativamente, con Las
flores del mal, tómese en cuenta la
producción poética del autor y las correspondencias,
deliberadamente preferidas, con los simbolistas parnasianos–, pero
también el discurso que se advierte de entrada puede hallar
parentesco perifrástico con el inicio de Anatomía
de la melancolía de Robert Burton,
contemporáneo de Cervantes y Shakespeare; pero si está presente
Vila-Matas está presente Sterne, y si está presente Sterne por
obviedad estará presente Cervantes –como ya lo hemos mencionado,
valga la redundancia– y por ende su estilo cervantino y picaresco.
Por esa razón Sara Rolla lo ha expuesto en su breve ensayo “Lectura
casta de una ficción hereje”, al decir que el libro está escrito
“en clave cervantina” y que en él “lo carnavalesco” junto a
la “picaresca” se entretejen en el “ingenioso juego autoral”
del que hace gala con “sutilezas intertextuales” el autor/editor
que abre su brecha en la narrativa contemporánea hondureña, como un
extraño y desenfadado hereje Pierre Menard del tercer mundo.
Pero
ahora bien, ese espíritu cervantino y estilo digresivo
burtoniano/sterniano dio como resultado que Giovanni Rodríguez
emprendiera un viaje sterniano
–obligatoriedad Shandy– que lo ha llevado en una búsqueda
–continuación– del estilo digresivo en el discurso, desde FHPLC,
su primer libro, y en el cual nos enfocaremos para este ensayo, hasta
su novela aún inédita Tercera persona o La
vida como una novela, la cual leí hace un
par de años y que también supongo habrá cambiado en la actualidad,
pero de la que han quedado como constancia unas páginas en Entre
el parnaso y la maison (2011),
específicamente del capítulo titulado “Diario de Montpellier”,
cuya trama es la de un joven escritor que cuenta su aventura sexual
con una francesa que lo hospeda, mientras él procura escribir una
novela cuyo personaje es un lector modelo que asume el doble rol de
autor-narrador, que aún no ha nacido, y que desde su desdoblamiento
cuenta su historia desde la voz de su abuelo, en un entramado utópico
y laberíntico que tiene por fin fusionar ambas historias
aparentemente en distintos espacios de tiempo, apropiándose,
mediante constantes digresiones y reflexiones, de la voz del joven
que vive en un “presente” real, pero a la vez hipotético, puesto
que el narrador cambia constantemente de enfoque, yéndose por una de
las vías de los “mundos posibles” ya remitidos por caridad por
Umberto Eco y que pudo tener como influencia inmediata en Rodríguez
la trama de la novela La guerra mortal de los
sentidos de Roberto Castillo, donde un
personaje llamado Illán Monteverde, de nacionalidad española y
bisnieto del “Buscador del último hablante lenca”, busca
reconstruir las aventuras del bisabuelo mediante un género literario
que ha quedado en desuso en el año 2099, como ser el género de la
novela.
Pero
volviendo a Ficción hereje,
obra que opera dentro de una tradición, y que a su vez gracias al
choque de voces –autor, narrador, editor, personajes, para
mencionar algunos– participa de una suerte de mecanismos paródicos,
pues es patente la ironía que tiene por fin cuestionar o mofarse de
una convención literaria precedente. Es por esa razón que el autor
recurre a recursos retóricos o viejas fórmulas –“aprovechamiento
de recursos consagrados por la novela tradicional, como los
paratextos empleados en el encabezamiento de los capítulos”,
como lo ha indicado Sara Rolla, para captar la atención del lector y
mantenerlo en el espíritu de la novela, que es el juego de un
personaje o actor enmascarado. Bien pudo haber precedido la novela la
siguiente frase de Burton: “No indagues en lo que está oculto; si
te gusta el contenido ‘y te resulta de utilidad, suponte que el
autor es el hombre de la Luna o quien quieras’, no me gustaría que
se me conociera.” Y sin haberla citado o precedido está allí,
dentro del texto, como una huella anterior, sterniana, ahora también
vila-matiana, si mejor nos aclimatamos a este tiempo, pero Ficción
hereje –para referirme a la novela nombraré
nomás sus dos primeras palabras por comodidad mía o simple pereza
debido al tan largo título– comienza así:
“No
nos corresponde, amable lector, a vos y a mí juzgar por cierto lo
que en las sucesivas páginas quedará referido acerca de la historia
común de los cuatro personajes que en ella intervienen.”
Más
adelante, agrega el supuesto editor, que ha investigado y no ha
podido recabar información sobre los nombres y la autenticidad de la
historia, lo siguiente:
“Nadie
recuerda a cuatro muchachos que por esta periferia del mundo alguna
vez hayan incurrido en actividades propias o al menos vinculadas al
concepto de la herejía. Por esta razón he desestimado la
posibilidad de que los textos refieran un conocimiento histórico y
he decidido publicarlos como “obra de ficción”, que es lo que
son al fin y al cabo.”
De
esta manera logra captar la atención del lector y mantener su
interés sobre los aludidos en la novela. De inicio una fina ironía
nos embarca en un “inmenso juego”. Milan Kundera, en El
arte de la novela, dedica unas páginas al
Tristán Shandy como “buen ejemplo de cómo
el espíritu de la novela no ha sido todavía explotado”,
y agrega que para Sterne la novela no es un mero ejercicio literario
lúdico, sino una seria reflexión sobre la creatividad y la vida y
sobre la interacción entre ambas actividades. Asimismo, pensemos
entonces no en los personajes y su veracidad, como han apuntado
algunos, de Ficción hereje,
tampoco en si los personajes aludidos son reales o no o si al autor
se le escapó de las manos imprimirles más vida, y sacrificó, en
pos de la estructura equilibrada del texto, de su organicidad
arquitectónica, casi simétrica, mayor alcance en la caracterización
de los personajes, quedándole acartonados, como oí en algunas
conversaciones y en la misma presentación de su libro en el 2011.
También, si se quiere, puede achacársele a que es una novela
primeriza. Otro achaque a la novela, o debilidad mencionada, es que
el término “herejía” no juega un papel preponderante en la
trama novelesca, y, por el contrario, se queda como algo que debió
haberse explotado con mayor pericia y profundidad. Después de leída
la novela uno puede interpretar que hay una suplantación hereje por
la ortodoxia y que cuando sus cuatro personajes coquetean con la
irreverencia y desacralización de los postulados eclesiásticos y
religiosos no es más que un acto de “malicia” juvenil, de
chanza, de “jodarria”, entre amigos que tienen un interés común:
la literatura y vivir su floreciente sexualidad. Bien podríamos
adjudicarle al autor de la novela una frase de Chesterton como para
acabar con todo lo referente a su falta de “conceptualización
profunda” de la herejía: “Traté de
encontrar para mi uso, una herejía propia, y cuando la perfeccionaba
con los últimos toques, descubrí que no era herejía, sino simple
ortodoxia”. Y con ello acaba la historia y
comenzamos otra. Que otros busquen o escarben en ese tema y se
amparen, libro en mano, en tratados prohibidos por la inquisición o
en las novelas de Umberto Eco. Yo, por el momento, reflexiono y me
aviento a formularme algunas preguntas y a contestármelas cuando
pueda, cuando no, solo daré mención de descubrimientos, yerros y
aciertos, meritorios o demeritorios, en la novela de Rodríguez, los
cuales había apuntado esquemáticamente, en incisos separados:
- Educación sentimental en donde las mujeres son quienes inducen al acto sexual al hombre, conllevándolo al “pecado”. (Imagen de femme fatales). Se me viene una imagen patriarcal o muy bíblica, uno de los ejes de la novela.
- ¿De qué manera este escarceo biográfico de los personajes contribuye o adquiere relevancia en “la herejía”? ¿Constituye el intento fallido de un secuestro a un pastor una herejía? Ninguna. Hay una evidente disociación entre el discurso narrativo “aparente” y la trama. La única justificación probable se da en el capítulo doce donde el bagaje literario acredita a los personajes su intencionalidad “hereje”. Parodia ligera donde el sustrato teórico o temático no avala la intencionalidad sugerida desde el título y anunciada con constancia en cada capítulo.
- Lo rescatable: lo que Rodríguez logra es una prosa ligera y “prístina” (valga el uso modernista del término), clara, con buen ritmo, aparentemente madejada de un solo tirón, contrario a Los inacabados, en donde todavía se notan algunas costuras sintácticas y semánticas debido a su fragmentación.
- Es un relato lineal. Solo al final, en el flashback, aparece el personaje “enmascarado” que vuelve regresivamente en el tiempo pero con intención de contar, reparar, y reelaborar, desde el presente, aquello que había quedado en el aire y que diera verosimilitud o veracidad a la verdadera historia contada, y fabulada por el editor. El pasado es igual al presente. Y como recurso de distanciamiento, se vale del vocablo “mierda” para dar a entender, en tiempo pasado, la acción cometida y la nauseabunda persecución temida de parte de los hacedores de justicia.
- Tenía la analepsis una función explicativa.
- Curiosamente, la maldad de los personajes –antihéroes– de secuestrar a un hombre de fe fracasa. Esto puede leerse de dos maneras: para los devotos, la gracia de Dios sobre el pastor y el designio divino que corrigió la intención de secuestro contra los malhechores, en resumidas cuentas la ecuación podría expresarse de la siguiente manera: el castigo de Dios contra los no creyentes, de esta manera los antihéroes pierden su protagonismo y se ven debilitados y torpes. Implacable protección de Dios para con sus devotos. Y este desenlace central, negativo, contrapuesto al título del libro, hace que la balanza se incline por el lado de la fe y no del lado de la verdadera intención del narrador; y no como el título sugiere. Es el triunfo de Dios contra los impuros y las cuitas y el bochorno de bromistas jóvenes. Pero esto es bien recibido o bien entendido si notamos que una vena de humor recorre todo el libro. Las desventuras o la suerte adversa de “los herejes”.
- También hay personajes “hijo-pródigo” en la novela. Importante si contraponemos herejía a fe, y creencia religiosa a creencias propias.
- Tomar en cuenta analepsis, prolepsis, flashback y flashforward y el estilo digresivo del discurso a la hora de estudiar FHPLC. Algunos conceptos o ideas ya han sido objeto de reflexión.
- Preocupaciones: desdoblamiento y manejo e inversión del tiempo en la novela. (Falta aclararlo y releer novela).
- Masturbación y mata de guineos: signos que identifican la identidad hondureña, por semántica: bananeras… caribe. Asociada siempre al sexo.
- Cada paratexto de cada capítulo pertenece al editor, suponemos que a Rodríguez, quien ha organizado el material, según el prólogo, por eso se refiere al narrador, es él quien ha escogido esa distribución del texto en forma de novela caballeresca o picaresca.
- Voz que nos comunica remisiones temporales, la del editor de mimalapalabra.
- En el capítulo 6 se habla del cronista anónimo, quien observaba a los cuatro jóvenes herejes.
- ¿Qué trata de decirnos? ¿Qué implicación existe entre lo sexual y lo religioso? ¿Condiciona el erotismo?
- Guiños a amigos de parte del autor, por lo cual se le ha acusado de restarle vida a las personas reales en quienes fueron inspiradas. A este inciso aplicarle la frase de Burton.
Segundo
apunte.
Una
perspectiva nueva de lectura y por ende de interpretación, teniendo
en cuenta lo que Mieke Bal interpreta: “una
interpretación no es nunca más que una propuesta”:
Desde
una perspectiva nueva, podríamos situarnos en el olvido de la
metatextualidad de la novela y circunscribirnos a las reglas que el
narrador propone. En este sentido, el juego es el siguiente: la
responsabilidad le es propia al editor ficticio (desdoblamiento del
autor) al que le hacen entrega de la historia aún no novelada y que
él modificará a su antojo, como propone en los capítulos y en el
prólogo. Ahora bien, esto supondría el desconocimiento de los
personajes y de su biografía. Por ende, podríamos suponer que las
biografías sobre el despertar sexual de cada personaje es inventada
por el narrador y por esta razón es que encontramos esa dislocación
entre la relevancia que podrían tener sus “experiencias”
sexuales en el desarrollo de la novela, cuyo título e intención
están orientados a la desmitificación de los embaucadores
espirituales. Manejando esta tesis el autor queda indultado de lo que
el editor no logra a consolidar en la trama. Porque el editor de lo
que más habla en un comienzo es de “herejía” y no de educación
sentimental en el prólogo, asegurando que distorsionará a su antojo
la historia remitida (que imaginamos breve y adscrita con
especificidad a la tentativa de secuestro del líder religioso).
Entonces es el narrador quien no dio el ancho y se absuelve de
responsabilidad narrativa al autor. ¿Quién es el responsable? Si de
culpas se tratara…, pero la literatura no se trata de
penalizaciones (¿y de orden estético?). Pero veamos, si el autor se
desdobla, y el autor, primera capa de ficción, no logra inteligir la
totalidad de la novela como se presenta, que a su vez es la de un
editor que recaba información y mediante oficio o licencia de
escritor se permite ficcionar sobre el documento que se le ha
remitido, y que ha trastocado a conveniencia de su siquis (por qué
el empecinamiento de desvelar los goces primigenios de los 4
personajes), el autor asume doble responsabilidad, la cual le hace al
final escribir una retrospectiva de lo anteriormente novelizado en un
post scriptum.
Si
el novelista hubiera comenzado la novela en el último capítulo “El
Flash back (post scriptum)”, la novela
habría tenido otra dinámica y probablemente la observación de los
personajes acartonados no habría tenido fundamento, pues se habrían
movido al ritmo de la última parte, y se habrían “carnalizado”
(al respecto H. A. Bermúdez considera este último capítulo como el
de un “tono más maduro”).
Por
otra parte, ¿Por qué no pensar que la irreverencia de la novela
contra la iglesia y los creyentes no es sino una alegoría contra la
tradición novelesca y literaria del país? ¿Y que su acto de
socavar sus preceptos y secuestrar al pastor de la iglesia no es sino
una metáfora de su verdadera intención, frenada y canalizada hacia
otro tema de interés nacional, contra el establishment literario y
los autores ya “canonizados”? Y propongo esta idea porque todos
los personajes de la novela están ligados a la literatura –mediante
búsquedas y lecturas– y no tanto al malestar que pudiera
ocasionarles las creencias religiosas: es, más bien, una novela
contra la ignorancia y el sometimiento de añejos cánones y
costumbres pueblerinas de un país centroamericano en pleno siglo
XXI.
Para
concluir, Eco podría darnos otra pista: “El
autor no es sino una estrategia textual capaz de establecer
correlaciones semánticas, y que pide ser imitado.”
Y H. A. Bermúdez bien podría cerrar esta propuesta de lectura que
tomaba como tema el estilo digresivo en Ficción
hereje para lectores castos y que gracias a
ella se me viene la imagen del autor como un Pierre Menard hereje en
plena “educación sentimental”, con la siguiente conclusión
precisa: “A sí como en ese ejercicio
intertextual de desdoblamiento autoral, Ficción hereje… se
mantiene, en todo momento, ligera, graciosa, con un humor socarrón.
Incluso los pasajes más dramáticos o reflexivos están matizados
por bromas o sarcasmos brutales y directos.” (Hernán
Antonio Bermúdez, “Herejía y otras hierbas”).
Gustavo
Campos
2013
martes, 26 de agosto de 2014
Dos cuentos de Kalton Harold Bruhl
BANANA REPUBLIC
Mientras aguardaban la llegada
de Cornelius Vanderbilt, los cinco hombres permanecieron en silencio. Habían
acordado una reunión de emergencia luego de recibir las noticias desde
Honduras. Todos sus sueños de apoderarse de Centroamérica y de construir un
canal interoceánico a través del río San Juan, en Nicaragua, parecían haberse
esfumado con la muerte de aquel hombre. No se imaginaban cómo podrían tener
otra oportunidad igual de convertir aquellas tierras de salvajes en sus
colonias particulares. Debieron haberlo previsto, era demasiado bueno para ser
verdad. Por lo menos, se consolaban, apenas habían gastado unos cuantos miles
de dólares en patrocinar las expediciones de William Walker. Al principio,
cuando escucharon su propuesta, lo tomaron por un loco. Ya conocían a ese
engreído abogado por su intento fallido de conquistar Sonora y Baja California
y fundar una república esclavista en México, y ahora, les proponía adueñarse no
de algunos territorios, sino de cinco países completos. Los costos no eran
excesivos, así que decidieron apoyarle con armas y unos cuantos hombres. Y
aunque suene increíble el bastardo estuvo a punto de lograrlo. Con apenas
cincuenta y ocho hombres, a quienes pomposamente llamaba “los inmortales”,
consiguió, en 1857, convertirse en el presidente de Nicaragua. Fue un error no
enviar a sus propios hombres de confianza en ese momento. Con los asesores
adecuados, Walker, habría llegado mucho más lejos. Sin embargo, tomando él
mismo sus propias decisiones, comenzó a forjar su propia cadena de errores. El
primero se produjo durante su discurso inaugural cuando anunció que formaría
una República Federal con los demás estados centroamericanos y Cuba. Casi de
inmediato los gobiernos vecinos iniciaron los preparativos para la defensa.
Luego cometió otro aún más grave: reinstaurar la esclavitud. Si bien es cierto
los campesinos eran, de hecho, esclavos de algún terrateniente, una cosa es que
te pases toda la vida trabajando de sol a sol para un patrón desalmado,
recibiendo uno que otro palo, pero ningún pago y otra muy diferente que te
digan a la cara que eres un esclavo y lo que es mucho peor, que aunque no sepas
leer, te lo pongan por escrito. Así que sucedió lo que tenía que suceder. El
pueblo se rebeló y los países centroamericanos, generalmente enemigos entre
ellos, formaron un ejército conjunto. Ahora Walker, junto a sus sueños de
grandeza y para mayor desgracia junto a los sueños de aquellos cinco honorables
hombres de negocios americanos, disfrutaban de la fresca brisa en una
confortable tumba en la costa hondureña.
—¿Por qué las caras destempladas?
–preguntó Cornelius Vanderbilt, al momento de entrar a la habitación,
sosteniendo una bandeja cubierta por un mantel.
Todos le miraron con extrañeza,
sin comprender la razón para que empleara un tono de voz tan jovial.
—A menos que el hombre que acaban
de fusilar en Honduras sea otro, y no Walker, y que lo que traigas en esa
bandeja sea una llave mágica que nos abrirá las puertas de Centroamérica, no
entiendo el porqué de tu felicidad.
—No y sí –dijo Vanderbilt—.
Desafortunadamente, Walker ya debe estar esperando su turno en la antesala del
infierno y sí, esta es la llave para convertirnos en los verdaderos amos del
trópico.
Colocó la bandeja sobre una mesa
y levantó el mantel con un gesto teatral. Nadie dijo nada, pero seguramente
todos dudaron de su cordura.
—Imagino lo que piensan –dijo
Vanderbilt, sin perder la sonrisa— pero con esto nos apropiaremos no solamente
de Centroamérica, sino, probablemente, de toda Hispanoamérica. Controlaremos
sus gobiernos, controlaremos sus destinos. Como les dije, seremos los amos del
trópico.
Vanderbilt siguió hablando
durante mucho tiempo y a medida que explicaba sus planes y calculaba las
formidables ganancias de la nueva operación, los cinco hombres comenzaron
también a sonreír y a mirar, con admiración y respeto, al pequeño racimo de
bananas que descansaba inofensivamente sobre aquella bandeja.
Historias de la imposición yanqui sobre Hispanoamerica y España (2012)
Cuento antologado en antología del nuevo cuento de Centroamérica y de República Dominicana Un espejo roto (Comp. Sergio Ramírez, GEICA, 2014)
Entre sur y norte. Edición al alemán. (Comp. Sergio Ramírez, Unionsverlag, Zurich, 2014)
Reencuentro
Revisé una vez más mis
provisiones: tres litros de refresco de cola, una pizza de peperoni, dos barras
energéticas y un paquete extra grande de nachos. Me froté la barbilla satisfecho:
parecía ser suficiente para sobrevivir durante las próximas ochos horas. Me
senté frente al ordenador, entrelacé los dedos y extendí las manos con las
palmas hacia afuera, dispuesto a reanudar la partida del “Reino del dios loco”.
El juego en línea tenía unas pocas semanas de haber sido lanzado, pero yo ya le
había demostrado al resto de jugadores quién era el rival a vencer.
Estaba a punto de hacer clic en
el botón de inicio, cuando alguien llamó al timbre de la puerta. Fruncí el ceño
extrañado, no recordaba haber encargado más comida a domicilio. Seguramente se
trataba de misioneros mormones o, peor aún, de Testigos de Jehová. Me encogí de
hombros y me dije que muy pronto se cansarían de esperar. Sin embargo parecía
que esos tipos estaban bastante interesados en la salvación de mi alma
inmortal, ya que después de cinco minutos seguían tocando insistentemente el
timbre. Suspiré y dejé caer la cabeza. Estaba visto que no me dejarían en paz.
Avancé hacia la puerta con desgana, preparándome para escuchar las increíbles
aventuras de Jesucristo en América, en el caso de los mormones o las delicias
de un futuro paraíso aquí en la Tierra, en el caso de los Testigos. Sin
embargo, al abrir la puerta, sufrí, por lo menos, unos tres microinfartos.
–Hola –me dijo la rubia más
impresionante que había visto en mi vida.
Yo solamente pude abrir la boca,
sin poder articular palabra alguna.
–¿No piensas invitarme a pasar?
–me preguntó ladeando la cabeza.
–Desde luego –le respondí,
mirando hacia ambos lados de la puerta y haciendo la señal de la victoria con una
mano. Si al final se trataba de una broma televisiva, ese gesto me permitiría
salvaguardar mi orgullo y decir, que lo había sabido desde un principio.
Cerré la puerta, sin saber qué
debía hacer a continuación. Ella se echó a reír y luego se me quedó mirando
directamente a los ojos.
–Todavía no sabes quién soy,
¿verdad? –dijo entrecerrando los ojos.
–Desafortunadamente no conozco el
nombre de todos los ángeles –sonreí.
–Vaya, mi querido Archivaldo, tú
siempre tan galante.
Me quedé de una pieza. En toda mi
vida, era la única mujer que me había llamado por el nombre de ese personaje de
la Calle Sésamo. Me remonté a los años en el colegio. Durante ese tiempo
Carlos, el que era todavía mi mejor amigo, y yo, conformábamos la línea dura de
su club de admiradores. Ella lo sabía y había hecho todo lo que estaba a su
alcance por atormentarnos y hacernos sufrir.
–¿Samantha? –pregunté extrañado.
–No me digas que estoy tan
cambiada –dijo ella, haciendo un puchero– si no ha pasado tanto tiempo.
Yo abrí bien los ojos para verla.
Tenía más o menos mi misma edad, así que ya estaba bien entrada en la treintena
de años. Sin embargo, cualquier veinteañera habría subastado en ebay el
orificio que todavía conservara virgen para poder costearse un cuerpo así.
–Es que sencillamente estás
maravillosa –reconocí–. Y dime, después de tanto tiempo a qué debo el honor de
tu visita.
–He venido a compensarte por
todos los malos momentos que te hice pasar.
Se veía que ahora estaba forrada
en pasta. Pensé que un monitor 3–D de unas veintiséis pulgadas y un procesador
más potente para el computador, me vendrían de perlas. Sin embargo no creí
prudente exteriorizar así, sin más, mis expectativas. Lo mejor sería esperar a
que ella hiciera una propuesta concreta.
–¿Entonces? –me preguntó –
¿Quieres que te compense?
–No es necesario –respondí,
fingiendo desinterés, pero cruzando mentalmente los dedos para que no retirara
su oferta.
–¡Qué lástima! –exclamó tras un
largo suspiro– y yo que pensaba pasarme el resto del día follando contigo.
Tuve que detenerme la quijada
para que no cayera al suelo.
–¿Perdón? –alcancé a decir,
limpiándome el oído con el meñique.
–Lo que escuchaste, que si estás
dispuesto, vamos a follar como si hoy se acabara el mundo.
Tardé todavía algunos segundos en
recobrar la compostura.
–No soy tan tonto –le dije
sonriendo–. Seguro esperabas que corriera a abrazarte, para luego rociarme con
gas pimienta. Lástima que ya no es tan fácil hacerme caer.
Ella se hizo a un lado el mechón
de cabello que le caía sobre la frente. Cuando éramos jóvenes ese gesto bastaba
para que pasara el resto del día soñando con ella.
–No estoy bromeando –replicó–
realmente quiero compensarte.
– No te entiendo, ¿por qué
querrías hacerlo?
Ella inclinó el rostro y cuando
lo levantó, sus ojos habían enrojecido.
–No he tenido una vida fácil
–comenzó– tú no lo sabes, pero he fracaso varias veces en el matrimonio.
“Hasta donde tengo conocimiento
han sido cinco veces”, comenté para mis adentros. La verdad es que había
seguido con atención toda su vida, interviniendo las bases de datos de los
registros civiles y de instituciones financieras.
–Mi último fracaso –continuó–
ocurrió en Sudáfrica. Se llamaba Ritske
Blom.
Asentí en silencio. Por eso le
había perdido la pista. No había encontrado información sobre ese viaje, y
claro, a partir de entonces pasó a llamarse Samantha Blom.
–Creí que finalmente había
encontrado la felicidad –dijo ella–, pero me equivoqué. Ahora, después de
tantos tropiezos, he aprendido cuál es el camino que debo seguir. Y debo
empezar reparando todo el daño que causé.
–¿Y me estás diciendo que el
camino hacia tu felicidad comienza por tener sexo conmigo?
–pregunté sin mucha convicción.
–¡Exactamente! –exclamó.
No cabía duda, comparados con el
programa de autorrealización de Samantha, los libros de Og Mandino y Dale Carnegie,
quedaban reducidos a una reverenda porquería.
–En ese caso –le dije enarcando
las cejas– ¿quién soy yo para entorpecer tus planes?
Me acerqué a ella, lentamente,
todavía con algo de resquemor. Alargué una mano y le acaricié una mejilla con
la punta de los dedos, temiendo que desapareciera en cualquier momento. Ella
pareció comprender mi temor y me sonrió con ternura al tiempo que se acercaba a
mí.
–De verdad estoy aquí –musitó en
mi oído.
Tomé su rostro entre mis manos y
la besé despacio, con suavidad, así como tantas veces había soñado hacerlo durante
mis años en el colegio. Luego la estreché contra mi cuerpo y comencé a respirar
el delicioso aroma de su pelo y de su cuello. Pensé que podría quedarme así
para siempre, sintiendo su calor, escuchando su respiración, sin embargo, lo
que se endurecía bajo mis pantalones, parecía tener sus propios planes.
Ella se apretó aún más y comenzó
a besarme con fuerza. Su lengua se deslizó, cálida y ansiosa, en mi boca,
explorando mis labios, buscando jugar con mi propia lengua.
Todavía enlazados por un profundo
beso me condujo hasta la cama. Nos sentamos en el borde y ella comenzó a pasar
sus dedos por mi cabello y por mi pecho y a susurrar, mientras me mordisqueaba
el lóbulo de la oreja, que sólo tenía que relajarme y dejarla hacer.
Me tendí de espaldas y ella se
inclinó para quitarme los zapatos y los calcetines. El bulto en mis pantalones
ya debía resultar demasiado evidente. Quise ocultarlo entrelazando las manos
sobre mi entrepierna, pero ella las retiró con delicadeza y comenzó a
acariciarme por encima de la tela. De inmediato sentí un escalofrió que me
recorrió todo el cuerpo y comencé a implorar en silencio, que no fuera a
pasarme lo que a la lechera de la fábula, que derramó toda la leche antes de
llegar al mercado.
Desabotonó mi camisa y con
círculos suaves sus labios recorrieron mi abdomen, trazando luego círculos más
amplios. Luego bajó la cremallera de mi pantalón y metió su mano en la bragueta
para liberar mi miembro erecto. Sus labios se apoyaron delicadamente en mi
glande. Pasó mucho tiempo dado rápidos y pequeños besos hacia arriba y abajo,
desde la cabeza hasta la base de mi miembro. Después me hizo bajarme el
pantalón y la ropa interior y comenzó a lamerme los testículos y a chuparlos
con suavidad. Yo me aferraba a sus hombros, in- capaz de asimilar tanto placer.
Luego, sin previo aviso, engulló todo mi pene hundiendo su nariz en mi vello
púbico. Se quedó unos segundos así, sacudiendo un poco su cabeza, como si
quisiera tragar aún más. Yo no pude contenerme y empecé a mover las caderas,
haciéndole el amor en la boca. Seguí elevándome y descendiendo, con un
movimiento circular, que hacía que la punta de miembro rebotara en el interior
de su boca. En poco tiempo sentí que estaba a punto de estallar y, con dolor en
el alma, tuve que detenerme. Todavía estaba joven, pero no quería arriesgarme a
descubrir, que esa noche, mi pistola estaba cargada con una única bala.
Me quedé recostado en la cama y
le pedí que se desvistiera frente a mí. Debí reconocer que, probablemente,
nunca más volvería a ver algo tan hermoso como su cuerpo desnudo.
Le dije que ahora era su turno y
que se acostara sobre la cama. Coloqué la cabeza entre sus piernas y comencé a
trabajarle la vagina. Para darle placer oral a una mujer es más importante la
destreza que el entusiasmo y, claro, la destreza solamente se adquiere con
bastante práctica; una práctica que yo, desde luego, no tenía. Sin embargo, a
pesar de que yo mismo era consciente de que estaba haciendo una pésima labor,
no podía dejar de besar aquellos labios rosados, de sorber con pasión su
clítoris (creo que ése era su clítoris, aunque no me jugaría la vida
asegurándolo), de paladear con fruición los jugos que emanaban de su interior.
Después de algunos minutos, ella me levantó la cabeza halándome suavemente del
cabello.
–¿Adónde quieres
metérmela primero? –me
preguntó con naturalidad– ¿Adelante o atrás?
Sentí que los ojos se me llenaban
de lágrimas. Era la pregunta más hermosa que me habían hecho en toda la vida.
–No tengo ningún lubricante –le
respondí, indicándole claramente mi elección.
Ella se encogió de hombros con
las palmas hacia arriba, como preguntándome cuál era el problema.
–Tienes saliva, ¿verdad? –me dijo
finalmente.
Me mordí el labio y di las
gracias mentalmente. Mi fe en la humanidad había sido restaurada. Froté mis
manos y me dispuse a ponerme en acción.
Varias horas después y tras haber
hecho todo lo posible por recrear las posturas más complejas del Kama Sutra,
ella se recostó sobre mi pecho.
–¿Me perdonas por todo lo que te
hice cuando estábamos en el colegio? –me preguntó expectante.
–Después de lo que acabas de
hacer –le dije– podrías haberme arrollado con tu auto o haberme dejado
inconsciente con un bate y no dudaría en perdonarte.
Ella me sonrió y me dio un beso
en la frente.
–En ese caso –me dijo,
levantándose de la cama– es hora de marcharme. Me gustaría saber si todos a los
que hice sufrir serán capaces de perdonarme.
En ese momento no le di importancia
a su referencia hacia sus otras víctimas. Tenía cosas más importantes en que
pensar.
–¿Volveré a verte? –le pregunté
con ansiedad.
–No lo sé –fue lo último que me
respondió esa noche. Cuando se hubo marchado corrí hacia mi computadora.
Necesitaba saber los detalles más
recientes de su vida. Tecleé su nombre y filtré los resultados para leer los
datos más actuales. Acerque el rostro a la pantalla. Debía tratarse de un
error. Abrí uno de los enlaces y leí la noticia. Un escalofrío me recorrió la
espalda. Habían encontrado su cuerpo sin vida en una habitación de hotel en
Johannesburgo. Las evidencias preliminares apuntaban a un suicidio. Pensé que
debía tratarse de otra persona, pero al final de la nota aparecía su
fotografía. Era ella. Incluso vestía el mismo traje que llevaba esa noche.
Me llevé las manos al cabello y
sentí un incómodo vacío en el estómago. Era como estar en medio de una
pesadilla. Lo único que hacía falta era escuchar la voz de Rod Serling y que
comenzara a sonar el tema final de la Dimensión
Desconocida.
Lancé un pequeño grito cuando mi
teléfono móvil empezó a timbrar. Miré la pantalla. Era mi amigo Carlos. Le
pediría que llegara a acompañarme. No estaba seguro de que mis nervios resistieran
hasta el día siguiente.
– Carlos –le dije– no vas a creer
lo que voy a contarte.
–Te equivocas –me dijo Carlos,
desde el otro lado de la línea– tú no vas a creer lo que yo voy a contarte. ¿A
que no adivinas quién está en mi casa?
De inmediato supe de quién se
trataba. Debía poner a Carlos sobre aviso.
–Es Samantha, nuestra Samantha
–dijo mi amigo–. Y sospecho que quiere tener algo conmigo. Es lo mejor que me
ha pasado en la vida.
El tono de emoción en la voz de
Carlos me puso a pensar. Él era un perdedor igual que yo. Nuestra idea de sexo
seguro consistía en actualizar el antivirus antes de entrar a un sitio de
pornografía gratis. Tenía razón, lo de esa noche, era lo mejor que me había
sucedido en toda la vida. Bajé la mirada. Mi miembro descansaba como una pitón
después de engullir un cervatillo. Podría vivir durante meses alimentándose
solamente con el recuerdo. Qué importaba que Samantha estuviera muerta. Lo
cierto era que quizás nunca podría tener otra oportunidad igual. Yo había
echado el polvo de mi vida, ¿por qué habría de impedir que mi mejor amigo
echara el suyo?
-Hazla pedazos, campeón –le dije
y corté la llamada.
Relatos fotoeróticos,
Ediciones Irreverentes, junio de 2014.
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KALTON HAROLD BRUHL
(Tegucigalpa, 1976)
Sus obras aparecen en varias antologías publicadas en los últimos cinco años en distintas editoriales de España, Argentina, México y Estados Unidos. Ha recibido diversos premios literarios entre los que se destacan: Primer premio en el VII Concurso Anual de Cuento Breve y Poesía de la Librería Mediática (Venezuela, 2010), Premio “Horacio Castillo”, al cuento extranjero destacado en el Certamen Literario Juninpaís (Argentina, 2010), Primer Premio en el Certamen Arcadio Ferrer Peiró de Narrativa en Castellano del Ayuntamiento de Canals (España, 2010), Ganador del III Premio de Relato “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2010), Ganador del IV Premio de Relato “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2010), Ganador del IV Premio de Relato “Sexto Continente” de Ediciones Irreverentes (España, 2011), Premio único en el III Certamen Literario Centroamericano Permanente de Novela Corta (Honduras, 2011), Primer Lugar, rama de cuento, Juegos Florales de Santa Rosa de Copán (Honduras, 2011); asimismo ha resultado finalista en varios certámenes literarios, entre los que se mencionan: VII Premio Internacional “Vivienda -Villiers” de Relato (España, 2012), II Premio TERBI de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción (España, 2012), X Certamen Internacional de Microcuento Fantástico MINATURA (España, 2012) y en el Concurso Internacional de Minicuento “El Dinosaurio” (Cuba, 2012).
También aparece en un Espejo Roto (GEICA, Instituto Goethe, 2014).
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